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En el espacio de David BowmanEntre 2001 y 2010: aquellos maravillosos años. |
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París vu par....17 noviembre, 2009 - 07:33 París por Juan Cruz ![]() Una tienda ¿de... ? Cuenta Jorge Edwards que un amigo de Pablo Neruda, el músico Acario Cotapos, le dijo un día al poeta: --Pablo, ¿por qué no vendemos Chile y nos compramos algo chiquito cerca de París? La fascinación por París es universal, y justificada. Se renueva viéndola; la ciudad jamás cansa; tienes que luchar con los franceses, dicen, y a veces tienes que luchar con el clima, pero alguna mano hizo, hace siglos, que la ciudad no se alejara nunca de cierta perfección como tal: bien diseñada, grandiosa, repleta de jardines y de plazas, de monumentos y de callejas que la especulación no pudo borrar del todo porque la ciudad, la belleza de la ciudad, lo impidió con la sutileza incontrovertible de ese poderío, el de su belleza. Ayer tarde me recordaba mi compañero Antonio Jiménez Barca, el corresponsal de EL PAÍS, lo que había sucedido en la guerra mundial: el general al que Hitler ordenó que volara los puentes de París para vencer a la Resistencia desobedeció al Führer, consideró que tanta belleza no podía quedar bajo la metralla, y salvó de la destrucción una de las bellezas más grandes del mundo. Ahora camina uno por estas calles, callejas y plazas y agradece al urbanismo, a la historia y a los hombres que se hayan dejado capturar por esta solemnidad que tiene la ciudad y la hayan respetado a lo largo de los siglos como un legado que seguiremos viendo con la admiración con la que la han mirado los poetas, los músicos, los escritores, los artistas que la convirtieron en un fetiche y en millones de palabras, de dibujos, de evocaciones y de pasión como esa del músico chileno. Por qué no vendemos Chile y nos compramos algo más chico cerca de París. Vi anoche el debate Ramadán-Fourest. Ojalá un día la televisión española, la estatal, cualquiera, encuentre sitios en su programación para que haya discusiones así. ![]() En el borde del Sena La clase obrera va al paraíso![]() Yo había oído hablar de ella. En su momento fue una peli impactante, ganó numerosos premios y se vio en todo el mundo. Salvo en España, claro. El descenso (en clave irónica y no poco cínica) al infierno de la producción en cadena (cincuenta años después del de Chaplin en ‘Tiempos modernos’) me aguardaba en les Grands Agustins. Fue Hélène la que me recibió con tan delirante propuesta -ir a ver ‘La clase obrera va al paraíso’ en les Grands Agustins- después de uno de los días más largos y complejos de mi vida. Tanto es así que la dura jornada no había acabado con la proclama mitinera que ustedes ya conocen. No, señor. Para rematar tan intenso día faltaba la guinda, que me dejó para nada. Así que llegué a casa con la boca seca y un ataque de ansiedad. Y es que al salir por la tarde de la blanchisserie, ya enfilando la calle embarrada que llevaba a la boca del metro, me había abordado un gallego que yo no había visto en mi vída. -¿Tienes fuego?- me saludó, jovial, en español (y con un acentazo que no era de Cádiz). Yo asentí. -¿Gallego? -comenté sonriendo amablemente, un poco por hacer amigos. ‘Clack’, hizo el mechero. El fulano tendría treinta y tantos tacos y mirándole la frente se podía profetizar que no llegaría a cumplir los cincuenta sin haberse quedado calvo. Cuando le hube encendido el pito, va y me espeta, así, entre los dos ojos. -Tú eres Bowman ¿no? David Bowman, l´etudiant espagnol... Yo no contesté y él sonrió lo mismo que habría sonreído una arista de metal. -Te recuerdo del otro día, cuando entraste. Vives en Richard Lenoir ¿verdad? -y aspiró una larga bocanada de su ‘gauloises’- En la oficina, es que se queda uno con todas las caras. Y con todos los nombres... ![]() Y se despidió envuelto en volutas azules palmeándome chulesco y cariñoso la mejilla, el muy capullo, gesto como de señorito hacia sus siervos más fieles (y más amados) o como de rey hacia los que se reconocen sus vasallos. Me quedé de piedra allí, en la boca del metro, y, eso sí, con la jeta capulla del capullo grabada con buril justo detrás de la frente, que es la parte del cerebro donde anidan las obsesiones, las neurastenias y las gilipolleces. -Parece que hayas visto un fantasma ¿no es ello pues y talmente así? Hélène sonreía de una manera que se te quitaban todos los males. Me la habría comido allí mismo. -¿Tú lo crees ello realmente, es o no es o qué? Hélène no creía nada, salvo que llegábamos tarde al cine. La película, rara y agridulce, no me gustó. La traición a su clase de Lulú, orgulloso de su alienación y de su productividad, lejos de hacerme reir, me deprimió. Yo no estaba nada orgulloso de ser fuerza de trabajo pero tampoco tenía fe en los sindicatos (visto lo visto en Yvelinnes, como para creer en nada: días después me enteré, encima, de que los enlaces sindicales de la blanchiserie estaban controlados por el gallego y su cuadrilla: eran los portugueses que habían ido a la mesa de don Fuco a mediodía y después, por la tarde, habían hablado antes que yo en la nave). ![]() -La única salvación del proletario es dejar de serlo -clamé ufano al salir- Marx debía ser un gilipollas. Iba sobrado y, la verdad, no estaba para muchas parábolas poéticas. Y Hélène, que no en vano era economista -o algo así- y estaba estudiando a fondo la economía europea para jugar a profeta, me dio la razón (en parte) y me aseguró que, muy probablemente, así iba a ser (con matices). -Al obrero europeo le quedan días -comentó cruzando la Plaza de los Vosgos- Es una especie llamada a extinguirse. ![]() Yo parpadeé. Las pequeñas verjas la Plaza de los Vosgos estaban cerradas y ella prosiguió con los ojos abiertos como lunas errantes en la órbita de Júpiter. -Sí: el obrero europeo se va a pasar con armas y bagajes a la clase media. ‘Hay que ver que tonterías dice esta chica’, pensaba yo para mí -En el siglo XXI, sólo habrá pobres de la Tierra y esclavos sin pan en el Tercer Mundo... Recuerdo que aquella noche, bajo el cielo sucio de París, Hélène tenía previstas también la crisis de la energía barata, la aparición de la contaminación, la inmigración intercontinental, la conversión ‘de facto’ del bloque soviético y China en monumentales capitalismos de estado, la colonización de la Luna, los primeros viajes tripulados a Marte y también la superpoblación y la pesadilla de Malthus hechas realidad. Lo que no previó jamás Hélène en sus extrañas prospecciones a veinte, treinta y cuarenta años fue la desaparición de los bloques, el despegue económico de India, China, África, Australia, Oriente Medio y Sudamérica, la aparición de los integrismos, la subida del nivel del mar, la proletarización de la clase media ni la globalización (o sea, la internacionalización del capital y no la del proletariado). Y es lógico. Tampoco previó la generalización de la informática, su alianza con la telefonía ni el acceso de los ordenadores al trono absoluto de los mass media (como se decía entonces). Ni el asesinato de Lennon, ya que estamos, por un fan (trastornado) ni la increíble longevidad de los Rolling Stones. A mí me sorprendían las visiones de la chica, que detrás de aquella cara pícara y llena de pecas soñaba un mundo alucinado en el que la segunda mitad del siglo XX se contemplaría como un lejano pleistoceno. -Dentro de cuarenta años, la mujer europea se habrá liberado, las creencias religiosas serán un curioso fenómeno cultural del pasado y los pantalones campana, motivo de chanza. A mí tampoco me gustaban los pantalones campana (ni los Bee Gees, que ya existían, aunque parezca imposible). Aun así, las premoniciones de Hélène se me antojaban ridículas. -Sí, y un negro será presidente de los Estados Unidos, nuestros hijos escucharán arrobados a los Beatles y el Vaticano se transformará en Parque de Atracciones.... Hélène se echó a reír -Y París, en Disneylandia.... Y venga de reír. ¡Huelga!![]() Volví a la mesa de los estudiantes, que me recibieron en reverente silencio. Toda la ‘usina’ (de usine, ‘fábrica’ en francés) me había visto conferenciar ‘tete a tete’ con don Fuco, así que acababa de ganarme mis primeros galones. Unos galones, eso sí, imaginarios y que los demás me adjudicaban sin más motivo ni fundamento que su convicción de que los tenía. Mi sitio junto a don Fuco lo había ocupado nada menos que el contramaestre, que apareció por el comedor justo al levantarme yo. Todo el comedor estaba pendiente de lo que sucedía en aquella mesa, la mesa de los ‘toguegos’, donde ahora el contramaestre y don Fuco cambiaban impresiones con pasión. No hablaban del tiempo, evidentemente, y el Haliday se permitió un comentario ambiguo. -Me parece (a mon avis) que ello va a llover... ¿no es? Pues fiesta, no parecía que fuese a haber, no. El contramestre negaba con la cabeza y con la mano trazaba líneas imaginarias sobre el mantel. Don Fuco -O Gordo- no asentía pero tampoco negaba. Se limitaba a escuchar con mucha atención los comentarios del encargado. En determinado momento señaló a uno de la mesa, que se levantó 'con el aire faruche' ('avec l´air farouche', o sea, con cara de pocos amigos, vamos) y fue hasta la mesa de los portugueses, en el otro lado del comedor. Tras un rato de conferencia con ellos, volvió seguido de dos, serios, flacos y altivos, que se acomodaron junto al contramaestre y don Fuco. En nuestra mesa, Haliday, el rubio, soltó otra de sus apreciaciones. -No sólo va a llover: va a ser una tormenta con rayos y truenos... Uno de los moros le dio un codazo mirándome de refilón. Yo volví la cabeza para otro lado. Mis compañeros creían que cuanto hablásemos ya podía ser conocido por don Fuco y su gente. Aun no habíamos bajado de nuevo al curro y ya empezaba a no gustarme todo aquello. Aunque si alguien me hubiera preguntado a que me refería con ‘todo aquello’, tampoco habría sabido contestar. Tal vez a un desagradable agujero en estómago que me producía vértigo. Por primera vez en mi vida sentía que de verdad había dejado atrás la infancia. Me encontraba en un mundo impío, adulto y muy duro. Un mundo en el que los errores salían caros. Allá, en la mesa de don Fuco, el contramestre se levantó muy rígido, casi tieso, y salió rápidamente del comedor. Parecía transfigurado. Los dos portugueses siguieron cuchicheando con don Fuco. A veces se les oía alguna palabra inconfundible. ‘Meniño’. ‘Fronteira’. ‘Fonte’. No hablaban francés sino gallego y portugués. Sabido es que el gallego que se habla en el curso bajo del Miño, al sur de las provincias de Orense y Pontevedra, es intercambiable con el portugués. En consecuencia, a ambos lados de la frontera los paisanos reviven cada dia el viejo galaico-portugués originario. De pronto callaron los tres contertulios. Los portugueses se levantaron muy serios, casi gravemente. Algo había pasado. A una imperiosa señal de don Fuco, que de pronto tenía cara y pose de profeta bíblico, tres gallegos se levantaron mecánicamente y recorrieron el comedor de mesa en mesa dejando un mensaje. -Grève (huelga) Todo el mundo parecía al cabo de la calle del motivo, menos yo. Se dilucidaba algo antiguo, algún agravio o petición desatendida por la dirección, según pude averiguar escuchando los retazos de conversación que se sucedían a mi alrededor, pero me comí la curiosidad. Por muy distintas razones, no quería preguntar nada a nadie, ni a mis compañeros estudiantes ni a mis compatriotas españoles. Tal como se habían puesto las cosas, cuanto menos abriera la boca, mejor. Así que bajamos de nuevo a la nave a seguir la diaria rutina de la jornada. Por no saber, no sabía ni cuando sería la huelga, si esa misma tarde o dentro de seis mil años. De momento me aguardaban más carros con más trapos húmedos que nunca. Se conoce que se acercaba el 14 Juillet, la popular fiesta nacional francesa que tanto se celebra allí, y había que tener buena provisión de literie y robe de table. El protocolo a seguir con la inmensa colada era simple y cualquier recién llegado tardaba treinta segundos en aprenderlo. Tú cogías un gurruño mojado, lo desplegabas y lo extendías cuidadosa, amorosa y rápidamente sobre una cinta sin fin que lo transportaba al interior de la máquina secadora. Allí, transformado ya en mantel, servilleta, cobertor, sábana, colcha o lo que fuese, pasaba por unos rodillos recalentados y pocos segundos después emergía por el otro lado perfectamente seco y plano (y casi, casi tieso como un bacalao). Otro operario lo recibía y lo doblaba -también cuidadosa, amorosa y rápidamente- y lo depositaba -cuidadosa, amorosa y rápidamente, como no- en un vagón vacío. Y en eso consistía el curro. En abastecer de literie y de linge de table limpia y planchada a todo París. Cuidadosa, amorosa y rápidamente. Un trabajo apasionante que no terminaba jamás. -Pero qué sucios pueden llegar a ser los turistas. Y, sobre todo, cuántos pueden llegar a ser -me decía yo abrumado por el derroche de tela mojada que no acababa jamás. Un monótono y creciente murmullo interrumpió el hilo de mis íntimas consideraciones. -Grève!! Grève!! Grève!! ![]() Mis colegas estudiantes -gentilmente, como lo hacían todo siempre- me ayudaron a volver a la realidad -¡Eh, tú! ¡¡Eh, español, joder!! Para, que empieza la fiesta.... -Grève!! Grève!! Grève!! -murmuraban por lo bajo los curritos de toda la nave, parados ante sus máquinas. Encaramado a una vagoneta vacía, volcada para la ocasión, uno de los gallegos agitaba los brazos y hablaba señalando vagamente en dirección a las oficinas, allá en las alturas (como Dios) y a las máquinas, allí abajo (igual que el infierno). No se le entendía muy bien, pero hablaba con mucha convicción (y con un tremendo acentazo español: como sería su destartalada fonética que hasta yo la notaba). Eso, por lo que respecta al continente. En cuanto al contenido del discurso, mucho ‘compañeros’, mucho ‘camaradas’, mucho ‘esto no podía aplazarse más porque un hombre no puede trabajar así’. En fin, que la cosa era grave. Pero nadie asentía ni le jaleaba (ni nada) hasta que uno de los portugueses rompió a aplaudir. Y tras él, todos los demás (sin demasiado entusiasmo) hasta contagiar a la nave entera, salvo a los negros, eso sí, porque ‘les noirs’ pasaban de todo: no es que no aplaudieran (que no apalaudían un carajo) es que ni siquiera hacían ademán. Los estudiantes aplaudimos claramente, aunque sólo lo necesario para que nadie pudiera acusarnos de no haber apoyado la huelga... ni, por supuesto, de haberla apoyado. ![]() Entonces uno de los portugueses se encaramó al carricoche, patas arriba en mitad de la nave, y se puso a hablar con ardor y convicción. Bla, bla, bla. Mucha faramalla liberadora, mucha esperanza de los oprimidos y mucho rataplán. Pero el personal, como en misa. Mortalmente aburrido. En una esquina, no lejos de mí, Fuco Denantes asistía callado al lío, apoyado contra una pared como un contrafuerte grueso, ausente y meditabundo que ayudara a sostener la nave. Cuando acabó el portugués, sin moverse de donde estaba, hizo una discreta seña a la cuadrilla de gallegos... y me miró a mí. ¡A mí! Yo, que me dí cuenta, por poco me caigo de culo al suelo. Los gallegos se pusieron a aplaudir en mi dirección y comprendí que ahora, de pronto, me tocaba hablar, me gustase o no. Así que del instituto de bachillerato pasaba a mitinero proletario en un plis plas: O Gordo Denantes lo había decidido y no me quedaba otra. No podía negarme. O sí, pero no me sentía héroe. Repentinamente, el agujero vertiginoso del estómago se había abierto todavía más y de pronto era una maloliente sima, oscura y amenazante, dentro de mí. Los gallegos me rodeaban sonriendo y aplaudiendo y, en fin, empujándome apaciblemente hacia la vagoneta volcada y hacia la perdición. Los que más aplaudían, viendo mis desamparo y absoluto azoramiento, eran el cabrón del Haliday y mis demás copains estudiantes. Si me condujeran al cadalso no hubieran aplaudido más ellos ni habría estado yo más acojonado. Y cadalso era la vagoneta tumbada, a la que me encaramé usando unos cajones vacíos hasta verme por encima de todas las cabezas de mis hermanos proletarios. Al fondo, como fuera de todo, don Fuco observaba atentamente cada uno de mis gestos y movimientos. -¡Bravo, neno! -aplaudían los gallegos. Y abrí la boca... para volver a cerrarla inmediatamente con una sonrisa enigmática. Pensaba a toda velocidad tratando de encontrar un hilo sensato cuando me dí cuenta de que no eran tan importantes las palabras como el tono, el ademán y la actitud. Y entonces, melodramático, alcé una mano y dije sólo ‘¡camaradas!’ Los gallegos se rompieron las manos de aplaudir. El Halliday, apalancado junto a la ‘Belle Monique’, y los demás compañeros estudiantes se meaban de la risa. Yo eché mano al recuerdo de aquella tarde en la Cinemateque cuando, pocos días atrás, recién llegado de las Españas, asistí a una proyección de ‘Sacco y Vanzetti’. -¡Nico y Bart habrían estado orgullosos de vosotros! ¡Nico y Bart, camaradas! ¡¡Nico y Bart!! -clamé emocionado. Y saqué un pañuelo sucio del bolsillo para enjugarme unas lágrimas inexistentes y sonarme unos mocos perfectamente virtuales. Y proseguí- ¡Y sin duda lo están, camaradas, porque desde el cielo rojo y proletario, ellos, hoy, os contemplan. Aplausos. Don Fuco, impasible, no me quitaba ojo. ![]() -¡Esto es una vergüenza! -clamé tontamente- ¡Camaradas! ¡Nuestra dignidad no puede soportarlo! Nadie se movió. -¡Camaradas! -repetí- ¡Nuestra dignidad.....! Entonces tuve una ocurrencia, una inspiración mientras sentía sobre mi cabeza el aleteo del espiritu. -¡Hagamos cantar nuestros corazones! ¡¡Hagamos que cante nuestra alma oprimida!! (elle va chanter, la nôtre âme opprimée!) Por alguna misteriosa razón, tan poética (y ridícula) soflama hecha con el alma inflamada prendió con fuerza en el corazón seco del obrero puteado y la sala entera se encendió. -Grève!! Grève!! Grève!! Los portugueses me alzaron en hombros y los negros, felices, se apuntaron a la fiesta. -Elle va chanter, la nôtre âme opprimée!!!! -chillaba todo el mundo como loco. ![]() Entre todos iniciaron entonces una procesión entre las máquinas llevándome en andas como si fuera la Macarena. Por encima de la gente pude ver al Halliday tapándose el rostro con las manos y meneando la cabeza negativamente rodeado de los etudiants, todos con cara de alucinación, desconcierto y espanto. Y comprendí que mi actitud fatalista de dejarme llevar por los acontecimientos, dado -por otra parte- que era difícil oponerse a los designios del señor Fuco, me había llevado -con la inapreciable ayuda de mi torpeza- al centro mismo del terreno, al punto de mira de todo dios, al único sitio del mundo donde era imprescindible NO estar. En efecto, entre quienes me contemplaban distinguí la mirada pétrea, solitaria y sosa, fría como la de un pingüino, del contramaestre gallego. ![]() El clan de los españoles![]() L´extraordinaire Louis Ocanna, l' aigle foudroyé Habían pasado pocos años desde el mayo mítico aquel. Entonces los estudiantes pusieron a De Gaulle -nada menos- contra las cuerdas (con la alianza cómplice, encima, de la aristocracia obrera, los currantes de la Renault, que llegaron a ir a la ‘grève’ -huelga- en solidaridad con los señoritos estudiantes). Total, que les etudiants, así en genérico, gozaban todavía de un prestigio sin duda exagerado entre la internacional currita (sector Ivelynnes, París-Gabacholandia). -Ah, les etudiants, qu´ils sont si braves.... Les etudiants (algunos) iban a Ivelynnes a hacer la campaña de verano cuando el turismo multiplica las necesidades de lavado y secado de literie y de linge de table desde la Tour Eiffel a Nôtre Dame. O sea, de ropa de cama y mesa. Los estudiantes que caían por allí eran gente bienhumorada y gamberra cuya presencia coyuntural en el infierno suponía un aliciente para los condenados, una ruptura con la rutina y un soplo abracadabrante de aire fresco en la triste monotonía de la producción industrial de limpieza. -Ah, les etudiants, qu´ils sont diaboliques.... A los gallegos, especialmente, les llamaban poderosamente la atención aquellos estudiantes tan raros. Los gallegos, al fin y al cabo, eran españoles y, se pusieran como se pusieran, un estudiante representaba para ellos la encarnación en el universo real de un personaje de Perez Lugín, es decir, un señorito entre calavera y romántico que hacía barbaridades y que en el colmo de la gracia se metía a tuno. ‘Mocita dame el clavel...’ -A ver, los estudiantes, si le enseñáis algo util a la Belle Monique.... -Sí, a hacer felaciones... Jamás un estudiante español, ni siquiera el más perdulario, hubiera respondido en público y a voces con semejantre bestialidad. Ni, mucho menos, con semajante ‘voquiblo’, un latinajo cultista y agabachado. Pero estábamos en Francia y las dos filas que atendíamos a la Belle Monique, tanto los que metíamos manteles por un extremo de la jodida secadora como los que la recogían y la doblaban por el otro, empezamos a agitar la cadera y a menear los riñones con cara de vicio. -Ah, Monique... Ah, ma belle, que je t´adore.... Ah, oui, oui.... Un circo. Toda la planta se echó a reir. Los negros, en el otro extremo, se aupaban sobre los carros para vernos y hasta los de la sala de lavadoras se asomaron a ver que pasaba. A veces parecía que íbamos allí a alegrar la vida a los curritos. Huelga decir que me lo pasaba como un enano y aprendía a mil por hora. Y nada bueno, además. -A ver si me guardan la compostura los señores estudiantes, háganme el favor... El contramaestre gallego dijo esto en un tono que no admitía discusión, así que los ‘copains’ se callaron. Y yo también, a ver que remedio. La verdad es que en sólo dos días nos habíamos convertido en una piña sin fisuras ni diferencias. Eso sí, ‘les arabs’ no perdían ocasión de tocarle las narices al rubito a cuenta de su tupé -’el mocho’ lo llamaban (‘serpillière’). El rubito me las tocaba a mí por Ocaña. ‘Ocanna’. -Va, tú, español, que no hemos venido aquí a torear. Mira Ocanna como corre. Y yo. -Tanto que los franceses ni lo ven. Sólo le hace sombra un belga... Esta precisa alusión mía a la condición belga de Eddy Mercx tocaba particularmente los cojoncillos a los gabachines, como un pellizquito de monja cabrona en el escroto (sobre todo porque ‘les arabs’ se descojonaban escandalosa, ostentosa y exageradamente, sin el más mínimo recato: Luis Ocaña, al fin y al cabo, el héroe de la clase obrera, era hijo de emigrantes, como ellos), así que el Hallyday y sus colegas me dejaban en paz. Cuando se montaban estas broncas, los demás curritos se morían de envidia. Ya era bastante envidiable nuestra condición de estudiantes (con el otoño huiríamos de aquella cueva de esclavos y seguiríamos preparándonos para encorbatados) sino que encima estábamos todo el día de coña (un día los soputas del halliday y sus colegas me encerraron en el meódromo, los muy capullos). Me ‘salvaron’ los gallegos. -Gracias -me expliqué yo en español- Qué cabrones los tíos esos... -¿Y qué haces con ellos? Tú serás lo que seas, pero sobre todo eres español. Mañana ven a comer con nosotros. Vamos a hacer una greve (grève, ‘huelga’ en francés). Estábamos en Francia, pero me saltó el reflejo condicionado del perro de Paulov y el corazón se me subió a la boca. -Glub ¿Una huelga? En España, la sola mención de la palabra ‘huelga’ podía acarrear graves problemas y el menor de todos era la pérdida del trabajo. -Estamos en Francia, hombre... -Ah, claro. Ellos rieron paternales. Yo les gustaba. Era español, estudiante en Francia y no le hacía ascos a meterme en aquel agujero. Un tío con un par bien puesto. -Mañana en el comedor te pasas a nuestra mesa y hablamos... No era una invitación. Era una orden. Y comprendí que si en la historia de los USA faltaban un Al Carvallo o un Lucky Betanciños se debía a que en su día la emigración española se había focalizado más hacia La Boca que hacia Ellis Island, que si no, se habrían enterado los gringos. Marlon Brando nunca hubiera encarnado a Vito Corleone sino a Sito Miñanco. O padriño das Rias Baixas. En Ivelynnes, o padriño era Fuco Denantes, una especie de patriarca que gozaba del respeto de toda la fábrica y de la entregada devoción de los españoles, que cada mediodía se sentaban a su alrededor en el comedor proletario de la gigantesca blanchisserie para tratar los aspectos más nimios de la vida en la factoría. Incluso los españoles no gallegos. -Hay que ser comprensivo -pontificaba gordo y generoso Fuco Denantes- No todos los españoles pueden nacer en Santa Marta de Ortigueira... Aquella fijación por Santa Marta era objeto de muchas habladurías ya que don Fuco ‘O Gordo’ había nacido en una pequeña parroquia de la zona de Foz y era feligrés, por tanto, del obispo de Mondoñedo. -Eso es porque los de Santa Marta confirman en Santiago.... A mí, aquello de confirmar, fuese en Santiago o en cualquier otro lugar, no me decía gran cosa... -Pero ¿tú estás sin confirmar? ¿Se puede saber qué clase de gallego eres tú? Intenté protestar. -Perdón, yo no... -Pero cala, neno, cala...... -y al ver que yo seguía dispuesto a protestar, mi contertulio cambió de tono- A partir de ahora eres gallego por cojones, neno. Don Fuco me llamó por mi nombre. -A ver, David, ponte aquí, cerca de mí. Hacedle sitio, Carracedo. -Sí, señor. Carracedo, que era del valle del Tera, entre Orense y Zamora, muy moreno, con grandes entradas en la frente y un mostacho de guías tristes a lo José María Íñigo, se levantó y me indicó un hueco junto a don Fuco donde sentarme. -Venga, rapaz.... Los gallegos eran bien conocidos en la blanchisserie. Gallegos eran la mitad de los oficinistas de arriba, todos los jefes de planta -el contramestre, entre otros- y la mitad de los encargados de máquinas y mantenimiento (antiguos maquinistas de la armada española). Los gabachos, que no entendían de matices, los llamaban ‘el clan de los españoles’. Eso, algunos. Otros, menos delicados, hablaban de una ‘mafia de toguegos’. El caso es que nada de lo que sucedía en la factoría se les pasaba por alto. -Estamos muy orgullosos de que haya un español entre los estudiantes -exclamó, solemne don Fuco. Y señaló al puñado de rostros duros, torvos y trabajados a ostia limpia por la puta vida que se arremolinaba en torno a él- Eres uno de nosotros. No vayas a defraudarnos ¿eh, rapaz? Y si alguno de esos maricones de franceses, o uno de esos puñeteiros mouros, te molesta o hace hace alguna otra cosa rara, ven y díselo a don Fuco. -Sí, señor. La concuerrencia asintió cabal, dando a entender que suscribían punto por punto lo expresado por el gordo, así como que tanto yo como mi discreción y mi natural modestia les agradaban en grado sumo. Por mi parte, no sabía si sonreir o permanecer serio. -Ve -exclamó don Fuco- Vuelve a tu sitio entre los estudiantes, neno. Y recuerda: cualquier cosa que suceda o que necesites, a don Fuco. Sin falta. Todavía no me daba cuenta cabalmente, pero me acababa de converrtir en un espía -y en un protegido- de la ‘mafia de los toguegos’. LOS PORTÁTILES DE LA RUE DE L´ODEON POR ENRIQUE VILA-MATAS Artículo del escritor Enrique Vila-Matas publicado la sección 'Carta de Barcelona' de la revista Letras Libres en FEBRERO DE 2003. Gentileza de Anka, seguidora de este blog que también me ha puesto sobre la pista de este libro del mismo escritor, un hombre que, por lo visto, vive o vivió fascinado por la figura de HeminGuay ![]() "En aquellos días -escribe Hemingway en París era una fiesta- no había dinero para comprar libros. Yo los tomaba prestados de Shakespeare and Company, que era la biblioteca circulante y librería de Sylvia Beach, en el 12 de la rue de l´Odeon. En una calle que el viento frío barría, era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros (...) y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente en vida". Este verano fui al 12 de la rue de L´Odeon a hacerme una fotografía de esas que cuando esté muerto pareceré vivo. La verdad es que hasta este verano siempre había creído que esa librería nunca había cerrado y que por tanto la Shakespeare and Company que yo conocía, la que se halla a cuatro pasos de Notre Dame y es regentada por un mítico librero tuberculoso, era la misma que la de Sylvia Beach. Grandísimo equívoco, aunque la verdad es que sospechar siempre sospeché algo, pues en todas las ocasiones que había pasado por la falsa Shakespeare and Company me había parecido que algo no cuadraba y ese algo era la extraña ausencia de un balcón que había visto en fotografías de los años veinte: ese balcón de la primera planta del inmueble al que se encaramaba con frecuencia el músico George Antheil cuando perdía las llaves de su apartamento y entraba entonces por la ventana. ![]() Sylvia Beach y Joyce en la puerta de la vieja 'Shakespeare & Co. Arriba, en la ventana, George Antheil. De la existencia de ese balcón también sabía por un libro de Noel Riley Fitch sobre Sylvia Beach y la generación perdida: "Cada vez que olvidaba la llave, George, ante el regocijo de los vecinos, trepaba hasta su balcón apoyándose en el letrero de Shakespeare and Company. Cuando venía alguien a la tienda preguntando por él, Sylvia salía a la puerta principal y le llamaba. En esa habitación por la que le pagaba a Sylvia trescientos francos al mes, compuso su Quinteto, dos sonatas para violín, el celebérrimo Ballet Mécanique y otras piezas menores". ![]() Este verano por fin vi, no como hasta entonces de forma tan equivocada, Shakespeare and Company o, mejor dicho, vi esa "calle que el viento frío barría" y vi el 12 de la rue de l´Odeon donde había estado de verdad la mítica librería y por fin vi de verdad el balcón al que se encaramaba Antheil y al que simulé escalar para que mi mujer me hiciera una foto que guardo como oro en paño, pues me he pasado media vida buscando el balcón para imitar -aunque fuera sólo simulándolo- la gesta escaladora de mi admirado Antheil, al que, a mediados de los años ochenta, convertí en uno de los héroes de un libro que escribí sobre conspiraciones de artistas especializados en viajar con maletas donde cabía perfectamente toda su ligera obra artística portátil: "George Antheil vivía en el apartamento de dos habitaciones que había encima de la librería y solía entrar en su casa por la ventana escalando la fachada del establecimiento. Según cuenta Sylvia Beach, en su mediocre libro de memorias, cada viernes tenían los conspiradores una cita en la librería y, de vez en cuando, se incorporaba algún que otro nuevo miembro de la sociedad de conjurados. Y según parece fue también el inventor del método de encontrar artistas portátiles por las calles de París..." ![]() En mi libro Antheil se paseaba por las calles de París repartiendo, en perfecto silencio y con gestos de conspirador, el alfabeto manual de los sordos. Junto al alfabeto había unas instrucciones a primera vista incomprensibles pero que, si eran bien estudiadas, acababan adquiriendo sentido y conduciendo a la persona que las descifraba hasta la librería de Sylvia Beach, donde era abordada por Blaise Cendrars, peatón aparentemente distraído, que les hacía esta sencilla pregunta: "¿Es usted sordo?". De ahí a pasar a la conspiración de los portátiles había un solo y certero paso". ![]() Cendrars en aquellos años locos. Abajo, retratado por Modigliani. . ![]() Este verano me planté con mi mujer ante el 12 de la rue de l´Odeon y me hice la fotografía de mi simulacro de escalada y recordé así al Antheil que había vivido allí y también al Antheil que fue mi personaje, al Antheil al que yo había adjudicado el papel de inventor del método de encontrar artistas portátiles. Había ya dado por terminado mi privado homenaje cuando vi que un transeúnte, un hombre que probablemente había rebasado la edad de setenta años, nos había estado observando y se acercaba ahora a nosotros con aire conspirador. Por un momento, me dejé llevar por ciertos delirios de grandeza e imaginé que aquel transeúnte conocía mi obra e iba a hacerme una sencilla pregunta: "¿Es usted sordo?" "¿Admiradores de Joyce?", nos preguntó. Aquel hombre se parecía bastante a mi abuelo, aunque el corte de sus ojos era oblicuo, hacia arriba. Podía ser que acabara de leer la placa que junto al balcón de Antheil informaba de que allí fue editado en 1922 el Ulises de Joyce y que estuviera utilizando esto para ganarse nuestra confianza para algún asunto turbio o trivial, no sé sabía, lo más probable era que estuviera solo en la vida y buscara conversación. Decidí complicarle algo más la posibilidad de entablar relación con nosotros. "No estamos aquí por Joyce, sino por la antigua librera de este lugar", dije con el ánimo de sacármelo pronto de encima. Se quedó pensativo unos momentos. "Hacemos muchas tonterías", dijo de pronto el hombre en un tono entre plúmbeo y reflexivo. "Y la única forma de dejar de hacerlas es hacerse viejo rápidamente. Yo estoy en eso", añadió. La frase me sonó a una que decía Orson Welles al final de una película. Pero eso era lo de menos. Me pareció que debía cortar por lo sano, indicarle a mi mujer que nos marcháramos de allí. "Me divierto mucho envejeciendo, porque estoy ocupado todo el rato", dijo el hombre. Parecía que se hubiera aprendido de memoria un monográfico sobre la vejez. Encontré irritante su actitud. "Pocas personas saben ser viejos", le dije. Y luego miré a mi mujer para que colaborara en la huída. "Esperen", dijo el hombre, "les he estado observando, he visto la foto que han hecho, ya sé a qué han venido aquí, no son admiradores de Joyce sino del inventor de los móviles, del inventor de los teléfonos portátiles, ¿no es así?" Por muy asombroso que fuera, ¿se estaba refiriendo al inventor del método de encontrar artistas portátiles por la calle? No parecía que hubiera hablado de eso exactamente, más bien se había referido a teléfonos portátiles. Creía entender bien su francés, pero tal vez no era así. "¿Portátiles?", dije tratando de salir de dudas antes de salir corriendo de allí. ![]() El 'escalador' George Antheil en 1927. "Veo que no saben de que les hablo", dijo con repentina, tal vez involuntaria, voz de conspirador. "No mucho", susurré, "no mucho". "De George Antheil", dijo cambiando de voz, ahora con un tono contundente, impropio de un conjurado. Mi mujer parecía mirarle con ternura y escuchar con asombro e interés lo que el hombre nos decía. "¿Qué saben ustedes de Hedy Lamarr?", nos preguntó a bocajarro. "Fue la actriz más guapa de su época, siempre me dijeron que mi madre se parecía a ella", contestó mi mujer, que parecía divertida con aquel extraño encuentro. "Su vida fue muy interesante", dijo el hombre, "triunfó en Hollywood y después inventó con Antheil los teléfonos portátiles". ![]() Hedy Lamarr, la actriz más guapa de su época, inventora del teléfono móvil Casi no podía yo dar crédito a lo que estaba oyendo. De ser aquello cierto, la realidad se adelantaba siempre a la ficción. Y la verdad era que todo aquello parecía cierto, no había signo alguno de demencia en aquel hombre que, además, a medida que hablaba iba revelando una agradable personalidad. "Una tarde, durante la segunda guerra mundial", se puso a contar el hombre y por poco nos hipnotiza, "mientras estaba sentada al piano con George Antheil, Hedy Lamarr tuvo la idea de aplicar alguna de las técnicas musicales de George al control remoto de los misiles de guerra..." ![]() Hedy Lamarr protagonizó en 1933 el primer desnudo cinematográfico de la pantalla en la película alemana 'Ecstacy'. Al volver a Barcelona, pregunté, investigué y he podido saber que es absolutamente cierto todo lo que nos contó aquel hombre, allí de pie, en aquella calle que en la época de Hemingway "el viento frío barría". En efecto, la actriz y Antheil inventaron el "conmutador de frecuencias", que posibilitó la aparición de los teléfonos portátiles. Lo inventaron en los días en que una radioseñal emitida a una determinada frecuencia por las tropas americanas para controlar un torpedo podía ser fácilmente interceptada y bloqueada por el ejército alemán. Antheil y Lamarr se preguntaron por qué no emitir entonces a distintas frecuencias, una en cada intervalo de tiempo, y según una secuencia que pudiera variar en cada ocasión. ![]() Female inventors: Hedy Lamarr La idea, simple, requería, sin embargo, una solución práctica. Para ello Hedy y George, que pasaron largas veladas sentados en una alfombra del recibidor de la mansión de Hedy simulando distintos ingenios con cerillas y una cajetilla de plata, diseñaron un dispositivo inspirado en los rollos perforados de las pianolas y en las cacofonías de algunos experimentos musicales de Antheil, sobre todo en su Ballet mécanique, escrito en la rue de l´Odeon y donde dieciséis pianolas sonaban simultáneamente en una misma sala, sincronizadas por ese tipo de mecanismo. El invento es complicado de describir, pero lo cierto es que lograron inventar unos rollos perforados que sincronizaban y conmutaban sus frecuencias y hacían ininteligibles su mensajes a los intrusos alemanes que intentaban interceptarlos. Hedy y Antheil contribuyeron decisivamente a la victoria de los aliados en las segunda guerra mundial. Después, el invento fue olvidado por un tiempo, parecía difícil aceptar la idea de que una pianola dentro de un torpedo había ayudado a resolver el conflicto bélico. Hasta que nuevos avances de la técnica acabaron por redescubrir al conmutador de frecuencias que daría paso a la telefonía móvil. Así pues, Antheil, en colaboración con Lamarr, fue el precursor de los teléfonos portátiles. Nuestros móviles nada serían sin el 12 de la rue de l´Odeon, donde Antheil se dedicó a la poética de las pianolas del arte portátil. Hedy Lammarr"Para que luego digan que el arte no sirve para nada", concluyó el transeúnte. Le propusimos que se quedara a almorzar con nosotros, todavía nos quedaban muchos cabos por atar de su historia. "No puedo acompañarles ni demorarme más, lo siento otro día será", dijo en un tono exquisitamente educado, "precisamente voy ahora a comprarme un teléfono portátil que me urge y temo que me cierren la tienda, otro día, señores, otro día". Dijo esto y siguió su camino, siguió descendiendo por una rue de l´Odeon, a la que aquel día de verano un aire cálido, que parecía trasladar aquel hombre, barría de arriba abajo. Pronto desapareció de nuestra vista, dobló una esquina y en ese momento sonaron las campanadas de una iglesia cercana. Me pareció que daban la hora para todos los teléfonos portátiles del mundo: sonoro hierro oscuro. ![]() ![]() ![]() La actual librería parisina Shakespeare and Company. La única relación que guarda con la librería que en los años 20 regentó la editora de Joyce es el nombre. 74, rue du Cardinal LemoineThe early days when we were very poor and very happy. There is never any ending to Paris and the memory of each person who has lived in it differs from that of any other. We always returned to it no matter who we were or how it changed or with what difficulties, or ease, it could be reached. Paris was always worth it and you received return for whatever you brought to it. But this is how Paris was in the early days when we were very poor and very happy. Ernest Hemingway ![]() De enero de 1922 a agosto de 1923 vivió, en el tercer piso de esta casa, con Hadley, su mujer, el escritor norteamericano Ernst Hemingway (1899 - 1961) El barrio, que estimó por encima de todo, fue el auténtico lugar de nacimiento de su obra y del estilo desnudo que la caracteriza. Este 'Americano en París' mantuvo relaciones familiares con sus vecinos, especialmente con el propietario de una cercana sala de baile. 'Así fue el París de nuestra juventud, cuando éramos muy pobres y muy felices'. Ernest Hemingway (París era una fiesta) Asociación la Memoria de los Lugares. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() Añoranza de España![]() A la hora señalada, en punto, compareció una guitarra en el escenario. Una guitarra enooooooorme. Detrás de ella venía un elfo calvo y que casi no se veía. A veces era posible adivinarlo al otro lado de la guitarra pero lo que resultaba imposible era verle la cara porque iba tapada por unas gaforras que parecían prismáticos. Narciso Yepes tocaba maravillosamente pero era más feo que un dolor y más pequeño que un microbio. Con su fealdad (y su guitarra) a cuestas se aupó en una silla arrastrando el mítico instrumento y tras un breve forcejeo emergió, no sé como, de detrás de la guitarra y se asomó a las cuerdas. Y entonces empezó a tocar así. http://www.youtube.com/watch?v=LEyqcYW-HjE Ay, amigo. Yo no sé si ustedes han experimentado alguna vez un arrebato místico pero eso fue lo que me pasó a mí aquella noche. Y era lógico. Estaba en París oyendo a Narciso Yepes en pleno Barrio Latino en una iglesia gótica alucinante y con una francesita al lado que me miraba con ojos tiernos. Como para no ponerse campanudo. Las diez cuerdas enviaban contra la piedra casi milenaria de Saint Sèverin unas cosas invisibles -notas musicales, indudablemente- que rebotaban en las naves góticas e iban a estrellarse en mis oídos llenándolos de gracia. De pronto no había tiempo, no había nada, sólo sonoridad. Y me dije. ‘¡Esto es Europa, David!’ No dejó Yepes de incluir en su repertorio el ‘romance anónimo’, una pieza tradicional con la que muchos años atrás había ilustrado musicalmente una película francesa, ‘Juegos prohibidos’, que recuerdo como muy pesada y, desde luego, marcada por esa melodía que Yepes y la peli hicieron legendaria en medio mundo (o en el mundo entero). ![]() Los franceses sonreían encantados y ponían cara de pato feliz oyendo como las cuerdas, estimuladas por los dedos ágiles del genio español, desgranaban las ya entonces familiares notas que ellos sentían como propias sin ninguna dificultad. Y es que para ellos viene siendo tradición hacer suyo -francés- lo que les gusta. A partir de la Revolución -que a finales del XVIII cambió el mundo- Francia se convirtió en catalizador de tendencias y puerto de acogida para cualquiera con algo que decir en el terreno que fuera. Y París, muy concretamente, en una verdadera ‘ciudad abierta’, la primera ‘ciudad escaparate’ del mundo. Los USA y el Nueva-York del siglo XIX. A base de dar cancha a los tíos más raros del planeta, durante cien largos años estuvo saliendo de París una cultura ‘francesa’ muy libre, experimental, vanguardista y -en definitiva- universal hasta, por lo menos, los años cincuenta del siglo XX. Empaquetados con ella también salieron, proyectados al mundo con la etiqueta de ‘franceses’, los españoles Picasso y Buñuel, el italiano Modigliani, los norteamericanos Josephine Baker y Sidney Bechet (ambos negros, para más señas) los belgas Brel, Hergé y Simenon o el holandés Van Gogh. Yepes formaba en ese dilatado escuadrón de artistas que los franceses sentían como propios y escuchándole aquella noche bajo las bóvedas de St Sèverin no se movía una mosca. Sus dedos iban y venían rápidos por el mástil de la guitarra sin pensar, con seguridad y sin perderse entre el bosque de cuerdas que sostenía. Resultado: una cascada de sonidos limpiamente encadenados -perfectos- durante una cantidad indeterminada de tiempo hasta que de pronto, pasado un buen rato, el concertista arremetió con un aire extraordinariamente familiar, una tonadilla cuyas notas podía oír cantar en mis orejas antes de que brotaran de las cuerdas porque ya la había oído antes aunque no pudiese identificar dónde ni de qué melodía se trataba. Lo que sí identifiqué -como todo dios en St Sèverin- fueron extraños movimientos entre el público, como si aquella melodía tan familiar fuese una contraseña y contuviese un mensaje secreto accesible sólo a unos pocos iniciados. Cuando me di cuenta y miré, extrañado, a mi alrededor vi un parisino gigantón, de mostacho cano, hipando contra una columna gótica y a una señora menuda oculta tras la sombra de un confesionario para que no la viesen lagrimear. Cuando ya iba a concentrarme de nuevo en la música, un hombre de cierta edad se levantó de su banco delante de mí como si se le hubiera soltado un muelle y salió precipitadamente con el pañuelo en la cara armando un ruido de mil diablos al pisotear los reclinatorios. El tío iba llorando como una magdalena penitente. Parecía que que todo el mundo se hubiera puesto enfermo de repente. Otras personas se agitaban inquietas en los repulidos bancos de madera. Pero, eso sí, la mayoría del público no se meneaba. En realidad eran unos pocos, una decena, los atacados por el virus. Yo no entendía nada y aproveché la ligera conmoción para mirar a Hélène interrogante. Como ella seguia hierática y fija en el guitarrista, le di un golpecito en el brazo. Ella se volvió sorprendida y al verme la cara musitó. -¡Sssht...! Des espagnols, quoi! Des espagnols? Yo parpadeé. Horror. ¡Des espagnols! Y yo sin enterarme. Pero era lógico: si se trataba de españoles, como aseguraba Hélène -variopintos, de todos los pelajes y clases sociales- no se les notaba, cosa rara. Y no sólo porque no emitiesen ruido ni utilizasen las habituales maneras ostentosas de personas encantadas de haberse conocido (tan propias de nuevos ricos como de españoles). Es que antes cada país tenía sus propias modas, prendas y convenciones en el vestir, por no hablar de los cortes de pelo. Tú en París, en el metro o paseando el sábado por la tarde -Campos Elíseos arriba y abajo- sabías quien era español y quien no. Sin que nadie abriese la boca, por supuesto, y sólo por la forma de andar. Pero aquellas personas no respondían a los esquemas y arquetipos habituales. Eso sí: hasta que terminó el emotivo concierto. Entonces se significaron sin remisión con sus aplausos estruendosos, su sentimentalidad sin freno y sus gritos inconfundiblemente -esta vez sí- españoles. -¡Bravo! ¡Artista! ¡Artistazo! Una señora, en el colmo del delirio, llegó a gritar -lo juro- ‘¡Torero!’ Los franceses aplaudían apacible y educadamente con una leve sonrisa, un tanto paternal, apenas esbozada entre los labios. Al salir a la calle, claro, había alborozada tertulia en la plaza, junto a la puerta de St Sèverin. Grupos de personas se saludaban... en español la mayoría de ellas (a pesar de no ser españolas o de no tener, más bien, aspecto de tales). Yo estaba bastante desconcertado. Y es que aquellos parisinos que me rodeaban hablando español, un español raro que -hoy lo sé- era el habla común y coloquial en la España urbana de los años treinta, eran los exiliados de la guerra civil. Rojos auténticos, los ‘otros’ españoles, esos seres siniestros de los que tanto había oído hablar en voz baja al otro lado de los Pirineos, quemadores de iglesias, blasfemos hedonistas, enemigos de España definitivamente aniquilados y que oficialmente no existían, borrados del mapa con insistencia, rascando rabiosamente con la goma hasta romper el papel. Borrados de la vida, de su tierra y de la Historia como si jamás hubieran existido. ¿No era eso lo que había ido a buscar a París? Llenar el hueco en blanco que, a base de tanto borrarlos, aquellos tipos habían dejado allí abajo. Pues allí estaban, delante de mis ojos. Mi viaje, apenas iniciado, había cumplido su objetivo. Había, en efecto, ‘otra’ España y yo la estaba viendo Gente que entonces encarrilaba la sesentena y que hoy ya no existe. Muertos todos. Un día, tú ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces ¿qué ha de decir un muerto? Y Yepes lo sabía. Yepes sabía que iban a estar allí, babeando hambrientos al pie de su guitarra para sorber con avidez el más leve arpegio que sonara, siquiera lejanamente, a la España perdida para siempre. La más leve forma que los expresara y dejara constancia de que habían existido. Por eso Yepes tocó ese aire, obra original -además- de un rojazo y que, no sé porqué, alli donde suena evoca a España siempre. Y eso que no tiene nada que ver con el flamenco, y que lo que Yepes tocó no fue más que una breve adaptación para guitarra sola del segundo movimiento, la celebérrima ‘Romanza’, del ‘Concertino para guitarra y orquesta’, de Salvador Bacarisse, lo cual que no fue poco para aquella gente exiliada sin compasión, dado que Bacarisse había sido uno de ellos, un ‘gato’ castizo, comunista y lírico de La Latina (Madrid), otro más que en 1939 se había visto obligado a abandonar de mala manera su España en beneficio de la salud. Para intentar compensar la salvaje mutilación, la pérdida de aquella España soñada por ellos y que en los años treinta nunca tuvo la más mínima oportunidad, Bacarisse enraizó en París, que no es lo mismo pero que está cerca, es acogedor y puede dar el pego. Y allí, borracho de nostalgia, compuso en 1957 su ‘Concertino para guitarra y orquesta’, en La menor (op. 72), que incluye la melancólica ‘Romanza’, un soberbio diálogo entre la guitarra y la orquesta -la sección de cuerda, mayormente- que pone los pelos de punta a los que lo oyen (y a los guitarristas que deben enfrentarse a la pieza, no así a Yepes, supermán de la guitarra que podía con todo) y que se ha interpretado y utilizado casi tanto como el Aleluya de ‘El Mesías’ de Handel. Pero que, sobre todo, es otra alucinada expresión más de la dolorosa añoranza que la ausencia de España provocó en los españoles que no tuvieron otra que largarse -expresiones que se prodigaron, especialmente, entre los escritores- y que en 1957, Bacarisse -el músico rojo del exilio- dedicó a un músico español ‘de dentro’, y católico militante encima, fíjate tú, Narciso Yepes, que la estrenó emocionado -e, imagino, no sin problemas por andar con semejante compañía- en 1957 en Francia con una orquesta dirigida por Ataúlfo Argenta (otro que tampoco miraba con quién andaba). ![]() Salvador Bacarisse De aquel estreno no hay grabación. Del solo de Yepes para la ‘Romanza’, tampoco. Aquí tenéis la canónica versión del genio con orquesta y con de tó. Una lección magistral -dicen los que saben- para cualquier guitarrista. Otros dicen que para cualquier español en general, debido a la relación estrictamente profesional y absolutamente desprejuiciada que mantuvieron, contra viento y marea, Yepes y Bacarisse. En París, naturalmente. ¿Dónde si no? Concertino para guitarra y orquesta ('Añoranza de España', según don David B), de Salvador Bacarisse Orquesta Sinfonica R.T.V. E. dirigida por Odón Alonso Narciso Yepes, guitarra solista 1. Allegro 2. Andante (Romanza) 3. Scherzo: Allegretto y 4. Rondo: Allegro ben misurato Ni ciclista ni genocida![]() -Narciso Yepes ¿tú conoces? Y yo, en español. -El ilustre calvo Hélène me miró desconcertada. -¿Qué es lo qué es eso qué es lo que tú has dicho, no es? Yo, lo único que pasa es que no sabía decir ‘calvo’ en gabacho. -Pues es ese ilustre caballero -aclaré- que toca una guitarra demencial y no tiene nada de cabello sobre la cabeza suya ¿no es?- y pasé la mano por mi cabezón hirsuto. ![]() El Ilustre Calvo, de joven. Como se puede apreciar, ya era ilustre y calvo. Eso sí, aun conservaba una guitarra como la de todo el mundo. Hélène sonrió y todas las pecas bailaron. -Ah L´illustre chauve! -aclaró- Pues esta noche toca en St Sèverin. -¿Aquí? ¿En París? La chica abrió dos ojazos como faros. -Pero ¿cómo? ¿Es que es ello que no conoces St Sèverin, no es? ¡Claro, hombre! Cada día se aprende algo nuevo y aquella noche me enteré de que St Sèverin es una de las más bellas iglesias de París. Perdida en pleno Quartier Latin, es contemporánea de Nôtre Dame. Además fue la segunda casa de Yepes, el guitarrista de las diez cuerdas, el insigne calvo, el delegado de dios en la tierra: ‘Narciso, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano domeñada...’ Y es que Fray Luis parece haber escrito lo de Salinas para Narciso Yepes ![]() ¿Dónde habrá ido a parar este armatoste, mítico para tantos aficionados, ahora que Yepes ya no puede tocarlo? Cuando Yepes pillaba la guitarrona esa que tenía, con un mástil que parecía una de las chimeneas del ‘Titanic’ (única forma de sostener nada menos que diez cuerdas diez, que yo no sé aun como se aclaraba el hombre con tanta cuerda), el tiempo realmente se suspendía, era como si se hiciese una tregua en la danza de las esferas, en la marcha de la Historia y en el continuo deshilvanarse de la Vida. Yepes era Yepes. -¿Y quieres que vayamos al concierto? Hélène me guiñó un ojo enigmática. -Quiero ir yo y, de hecho, voy a ir -y me enseñó unas entradas rojas con el grabado de una fachada gótica, o sea, la fachada de St Sèverin- Y tú, si quieres, puedes venir también... ¡Coño! Oír a Yepes en París.... Y bajo el ábside gótico de St Sèverin, donde tantos éxitos cosechó el murciano calvorota derramando su arte generoso entre los más exquisitos, incondicionales y heterogéneos ‘parisiens’, cual Curro (Romero, The Legend) ante la parroquia de La Maestranza una tarde de azahares abrileños en Sevilla, La Bella. ¡Oooooleeee! -¡Sí! ¡Sí quiero! -Las saqué esta mañana en La Sorbona La Sorbona era la leche macabea. En La Sorbona lo mismo pillabas piso a dos patadas de La Bastille que un curro demencial (pero pagado), una conferencia de don Agustín García Calvo o una retrospectiva de Warhol. O entradas para un excepcional concierto de Yepes. Si unías La Sorbonne y el Pariscope (tout Paris dans ta pôche) tenías París a tus pies. ![]() El Pariscope en 2009: inmutable como la Seine, Nôtre Dame y la Concordia El Pariscope era una cosa así como mágica para un carpetovetónico de los tiempos de Franco (que Dios tenga en santa gloria). Todo París en el bolsillo, como rezaba el acertado ‘slogan’ de la publicación. Años después, entronizada en España al fin Nuestra Señora de la Santa Democracia (con la consiguiente y consecuente explosión de actividades), el Pariscope sería el modelo -tanto de contenido como de continente- para la ‘Guía del Ocio’ (o ‘guías del ocio’, más bien). Y es que antes de eso, Madrid, Barcelona y España toda eran un perfecto erial férreamente tutelado por Santa Censura (un angel guardián con muy mala leche) y en la que el único acontecimiento cultural capaz de mover la quieta vida nacional eran las ediciones anuales de la ‘Antología de la Zarzuela’ que montaba don José Tamayo (quién tuvo el honor de dirigirme con ocasión de mi debut en las tablas). Total, que después de devorar los delicados tallarines de Hélène remojados con un vinacho infame (para mi gusto) nos fuimos ambos a patita rumbo a St Sévérin cruzando el Marais (el viejo barrio judío donde, a pesar de las salvajadas nazis de treinta años atrás, aun podía verse -y puede, si los ‘modelnos’, el diseño y la pijez rampante no han acabado con lo que dejaron los nazis- verse, decía, a los ‘salomones’ circular vestidos de negro con sus batones, sus trencitas, sus ‘kipas’ (sholom) y sus gorracos de ala ancha, sea invierno sea verano). Y es que tal vez sea París la ciudad del mundo (fuera de Jerusalén) con más musulmanes y judíos por metro cuadrado, así como la ciudad donde unos y otros conviven con más naturalidad (a ver, que remedio) subsumidos en un caldo cosmopolita del que sólo constituyen un ingrediente más. Me basta cerrar los ojos para volver a ver detrás de Nôtre Dame las esterillas de los musulmanes extendidas sobre el cesped y a sus ocupantes murmurar con el culo en pompa sus jaculatorias a la sombra del viejo templo consagrado a la Santa Madre del dios cristiano mientras a su alrededor circulan salomones con trencitas, militares sin graduación, niños, turistas, marinería, señoritas, hare krisnas canturreando su salmodia ‘hare krisna, hare krisna, hare rama, hare rama, hare hare hare...’ y, en fin, personal de todo pelaje que no los mira porque forman parte del paisaje y que, por lo mismo, tampoco se mira a si mismo, no sé si me explico.. Sobre el Marais supe todo por extenso en su momento porque Héléne, de hecho, era judía (aunque yo no lo supiese hasta mucho más tarde) lo cual que viniendo yo de España como venía y siendo un paleto atroz como era (y como sigo siendo, por otra parte, tampoco voi a ponerme estupendo) me alucinó mucho y me hizo sentir pecador total, completo e irredento (que es lo que deseaba sentirme, vamos, para qué mentir). Mientras cruzábamos el Marais (el ‘magué’) yo le hablaba de España a Hélène, de los jardines del Albaicín y también de Yvelinnes-Sur-Seine, que es lo que a a ella le interesaba. -Ah, yo pienso -helas- que la tuya experiencia con el actual proletariado industrial europeo es ella extraordinaria ¿no lo es? Pues no, pero ¿por qué iba a desengañar a la primera chavala que en esta vida me miraba con ojos tiernos? -Oh, sí, tremenda -mentí impertérrito. -¿Es qué no son ellos concienciados con la su clase? Esto no lo entendí bien pero yo asentí por si acaso. -Sí, sí, tremendo, no te lo imaginas. Hélène sonrió y deduje que había acertado asintiendo. -¿Sabes que tú eres un si joli mignon petit español? (o sea, un ‘mec’ encantador) Yo sonreía constantemente. No quería ser menos que ella. -Y tú, una bonita ‘môme’ no menos encantadora St Sèverin lucía luminosa y engalanda en mitad del Quartier Latin como un buque dispuesto a hacerse a la mar y hacia ella peregrinaba lo más granado de París. Eso incluye algun ‘sij’ de la India con turbante, a tres japonenes (trabajadores, probablemente, de alguna multinacional o, quizá, funcionarios de la UNESCO) y a un grupo de gringos jóvenes en viaje ‘iniciático’ por Europa. En el interior, escandalosamente gótico y sobrio, no se oía ni una mosca, sólo el crujir de los bancos de madera. Era todo tan distinto a la banlieu industrial y a la agobiante blanchisserie que había conocido durante el día que varias veces me asaltó la idea de que había soñado mi estancia en Ivelynnes. Ferreira, los ‘halydais’, la dra Carpentier, la revisión médica, el de Lalín en ‘presenten armas’, el calor insoportable, el persistente olor a sudor, la nave llena de secadoras, el ruido atroz y constante, la ‘Belle Monique’ y los grupos ‘antropológicos’ de trabajadores constituían imágenes de una supuesta realidad lejana, árida, salvaje y extraordinariamente exótica que contrastaba con la exquisita delicadeza de la atmósfera en la que ahora, de golpe, me encontraba inmerso: incienso, perfumes caros, suave roce de ropa buena, murmullos, la sonrisa fresca, húmeda y carnal de Hélène, Paris La Nuit, la ligereza de la piedra, aéreas cúpulas ojivales y bajo ellas, uno de los mejores instrumentistas del mundo. -¿Y cómo se te ha ocurrido? -le pregunté a Hélène. Ella se encogió de hombros. -Pues nada... Para un español que destaca -se paró un momento, bailaron las pecas y prosiguió- y que no es ciclista ni genocida... ![]() ![]() Todas las servilletas, sábanas y manteles de París![]() Todas las servilletas, sábanas y manteles de París estaban allí. Todas: no exagero (y si no eran todas, eran muchas. Pero muchas). Limpias, empapadas, hechas un gurruño y amontonadas en vagonetas de tres o cuatro metros cúbicos cada una. ![]() Las vagonetas hacían cola junto a máquinas secadoras-plachadoras industriales esparcidas bajo el techo de una nave diáfana y grande, muy grande, más que un polideportivo. -¡Ostras! -pensé- He llegado al infierno. Hacía un calor de sauna y el ruido era insoportable. La nave, claro, no estaba climatizada y en el calendario cursaba julio. Primeros de julio. Una época excelente para encontrarse en cualquier lugar de París, menos en aquél. Las máquinas secadoras -y las lavadoras de la nave contigua- despedían un calor de mil diablos que en invierno, seguramente, sería acogedor y hasta agradable, pero que ahora resultaba destructor para cualquier organismo vivo. ![]() El contramaestre al mando -el jefe de sala, vamos- era un gallego con muy buena planta, de rasgos finos y tripa plana, que no sonreía nunca... abajo, en la nave, claro. Me juego el sueldo de un mes a que arriba, entre los encorbatados de las oficinas y -no digamos- entre los miembros de la dirección, se deshacía en sonrisas. -Vengan por aquí, hagan el favor- murmuró desabrido el fulano. Y le seguimos todos -el negro tosedor, el polaco ganso, el gallego viril, yo, ‘les arabs’, ‘les etudiants’, todos- algo cómplices ya entre nosotros después de habernos visto en pelota y de haber hecho perder los papeles a la pobre doctora Carpentier. Pero lo que más nos unía era la certeza de haber mostrado lo mejor de nosotros a sus chicas. -Ah, que ella era bonita ¿no es? la pelirroja ¿que es lo que tú piensas? El senegalés se estaba revelando como un romántico. Otro miembro del grupo, en cambio, prefería una rubita que, mientras nos desnudábamos, sólo hacía que poner cafés -Ah, pero no, la rubianca del fondo tenía buenas peras... oh, oh, ella era ¿no es? particularmente especial, yo pienso. Pero los francesitos estudiantes tenían clara su elección. -Especial, aquí el ‘mec’ (chulo, tío, menda, colega) éste de la España (se referían al de Lalín). ¡Qué prodigio en verdad! ¿no lo es ello, pienso yo?- aseguraba el ‘Choni’ Halliday. Sus compañeros lo jaleaban. -Prodigioso, prodigioso, prodigioso -y ensayaban un precario español- ¡Macho, buen gallo toreador! -¡Oooooléééé togóóóó! El de Lalín, todo corrido, los miraba como si estuvieran locos (y algo estaban). Como el pobre no entendía nada, me sentí obligado a tranquilizarlo. -Dicen que estás hecho un toro y que eres un machote. Por como te has empalmao arriba. A los demás se nos ha quedado hecha un chicle... El contramaestre, muy severo, ordenó callar. Hablaba un francés perfecto (tanto que de su condición de español -y aun más, gallego, que es una forma bien especial de ejercer la españolez en el extranjero- me enteré después). -Hagan el favor, señores. Esto no es el patio de un colegio. Atendían las máquinas secadoras curritos distribuidos en grupos que parecían establecidos con extraños criterios, digamos, antropológicos (tan malos como cualquier otro criterio y, al fin y al cabo, algún criterio había que seguir). Así, las ‘madamas’ francesas todas juntas, por un lado. ‘Les arabs’, por otro. Por otro, ‘les espagnols’ (gallegos, salvo uno de Jaén, que aseguraba ser tambien gallego). Y, así sucesivamente, los negros, ‘les polonais’ (‘polonais’ y polonaises’, para ser exactos, ya que los polacos eran el único grupo que mezclaba tíos y tías: buenas son las polacas, que decían fascinados los gallegos. Y no porque estuviesen buenas -que lo estaban- sino porque eran de armas tomar y les recordaban a las mujeres de su tierra, acostumbradas a lidiar con todo ellas solitas desde los tiempos de Cristo, o antes, mientras los hombres ganaban el sustento, ya fuese segando en Castilla, en la emigración americana o currando en la mar). Luego estaban ‘les portugais’, que había unos cuantos, hacían rancho aparte y a mí se me antojaban gallegos sin redimir por la Patria Hispana. Y también 'les portugaises', o sea, las portuguesas, que hacían rancho aparte de sus hombres. Y, por último, estábamos nosotros, ‘les etudiants’, todo tíos, que éramos la guinda que culminaba aquel exótico cóctel. ![]() Según recorríamos la nave, el gallego iba distribuyendo la nueva hornada de mano de obra siguiendo exactamente el mismo criterio antropológico, aunque sin mencionarlo, que ordenaba la fuerza de trabajo que allí había. -A ver, usted y usted, ahí. Y usted, usted, usted y usted, allá. Así, poco a poco, los negros del grupo de recién llegados fueron asignados a secadoras atendidas por negros; el de Lalín, a las de los gallegos; y los morutas, a las de los ‘arabs’. Al final, según aquel extraño sistema (surgido, hoy no me cabe ninguna duda, de la retorcida y atormentada cabeza del contramaestre) sólo quedamos los estudiantes, tanto los oriundos como los hijos de antiguos emigrantes, y yo, que era una cosa inclasificable pero sin duda alguna ‘etudiant’, según el ojo clínico de Ferreira, que así se llamaba el contramaestre. El gallego debió notar nuestra extrañeza al vernos juntos formando un grupo tan heterogéneo -a nuestro juicio- y también al ver como nos mirábamos de reojo, estudiándonos con desconfianza, y se sintió obligado a aclarar. -He pensado que ustedes trabajarán juntos con nuestra Belle Monique... Caras de alegre y sorprendida expectación entre el mocerío. -Oh la la la la la, Monique. Yo estoi yo bien seguro de que nos entenderemos con ella totalmente ¿no lo es, no o qué? -exclamó el francesito rubito- Sobre todo yo ¿no es ello bien seguro, eh? Monsieur Ferreira sonrió. -Por aquí, señores Le seguimos un trecho hasta una esquina de la nave, luminosa, tranquila y presidida por una gran cristalera. Ferreira se acodó junto a una secadora parada, nueva, de color verde, impoluta, y le palmeó la chapa. -Les presento a la nuestra Belle Monique, cinco toneladas, no sé cuantos kilowatios y una capacidad de rotor combinable. La cara del rubito descarado era un poema. Sin duda, iluso, había imaginado alguna otra cosa. Ferreira prosiguió. -Se calienta en sólo diez minutos y tiene hasta cinco velocidades de rotor -Monsieur Ferreira sonrió como habría sonreido Al Capone antes de darte matarile- y de ritmo de trabajo, por tanto. Encendió la máquina, un piloto verde se iluminó y los rodillos se pusieron pesadamente en marcha. -Es virgen -y nos guiño un ojo- se instaló la semana pasada y estaba esperando a unos caballeros como ustedes. -Ya sabía que estábamos en un burdel -comentó el rubito- pero los clientes no somos precisamente nosotros... ¿eh, patron? (jefe, señor, encargado, dueño, amo y, en general, todo aquel que manda algo). Ferreira miró para otro lado y pasó por alto la observación. El copain-líder, el rubito, parecía idiota, pero no lo era en absoluto. Estaba hasta los cojones de Ferreira, de su sonrisa impoluta como su camisa, de su vientre plano como su cerebro y, sobre todo, de los chistecitos que hacía. Y se le notaba en la cara. Hasta los ‘otros’ estudiantes, los ‘arabs’, empezaron a mirarlo de otra manera. Así fue como empezó mi primer día de currante. Un gran día. En menos de dos horas había aprendido más que en todo el bachillerato. Donde todo puede suceder![]() París es de una belleza que no se puede contar, el lugar donde todo lo imaginable se hace posible. París vio la amistad (extraña) de Hem y Dos Passos, a García Márquez alumbrar sus ‘Cien años de soledad’, nacer la ‘Balada de la Cárcel de Reading’ y el expresionista ‘España, aparta de mí este cáliz’ mientras, pocos kilómetros al sur, España se desangraba. Niños del mundo, si cae España -digo, es un decir- si cae del cielo abajo su antebrazo que asen, en cabestro, dos láminas terrestres; ....................... Si cae -digo, es un decir- si cae España, de la tierra para abajo, niños, ¡cómo vais a cesar de crecer! ..... Niños, hijos de los guerreros, entre tanto, bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo la energía entre el reino animal, las florecillas, los cometas y los hombres. ............. ¡Bajad el aliento, y si el antebrazo baja, si las férulas suenan, si es la noche, si el cielo cabe en dos limbos terrestres, si hay ruido en el sonido de las puertas, si tardo, si no véis a nadie, si os asustan los lápices sin punta, si la madre España cae -digo, es un decir- salid, niños del mundo; id a buscarla! Contemporáneo del llanto de Vallejo, Picasso pintó en París el ‘Guernica’, entre otras cosas, y Modigliani, también en París pero pocos años antes, sus celebérrimos rostros de ojos acuáticos. Y Toulusse Lautrec, las bailarinas inmortales del ‘Molino Rojo’. Y Degas, las de la Ópera (sí, la Ópera del Fantasma, de Gaston Leroux). ![]() Amadeo Modigliani, Pablito Ruiz y el escritor y crítico de arte André Salmon hacia el año diez-doce del pasado siglo. Salmon fue el primero en hablar de un cuadro que Ruiz Picasso guardaba en su estudio sin saber muy bien que hacer con él. Lo titulaba, no sin ironía, 'Les senyoretes del carrer Avinyó, de Barcelona' y Salmon -que no sabía español y, mucho menos, catalán- lo llamó 'Les demoiselles d'Avignon' y se quedó tan ancho. Lo que vino después es historia. En París, patria de todos los exilios, alumbró Hugo su jorobado, gran exiliado de la vida, allá, en las torres de Nuestra Señora. Y otro exiliado, Joseph Roth, su ‘Leyenda del Santo Bebedor’ en los muelles del Sena antes de matarse ante la perpectiva de los nazis violando con sus botazas los sagrados adoquines de la ciudad luz: los mismos adoquines que ventitipocos años después, bien chafados ya por las cadenas de los ‘panzer’, desenterrarían juntos los hijos de la postguerra, alemanes y franceses. Buscaban la playa, la puta playa sin arena y sin nada, pero sólo era una leyenda. Bajo los adoquines no había nada. Que se lo digan, sino, a Jim Morrison que duerme el sueño eterno a pocos metros de Oscar Wilde, en el cementerio de Père Lachaise. Père Lachaise quedaba muy a mano del Blvd Richard Lenoir. Hélène lo conocía bien y me llevó una tarde, caminando bajo las acacias (¿o eran plátanos?) del Blvd Voltaire. En Père Lachaise vi, no sin emoción, la tumba de Modigliani y de su malhadado amor, Jeanne Hébuterne, quién a las pocas horas de morir él, y aun estando embarazada de varios meses, se arrojó por una ventana. ![]() Tumba de Modigliani y la Hébuterne en Père Lachaise París ha albergado, paradojas de la fama, a todos los pobres, deseperados y abandonados de la Tierra. Bajo el puente del metro de Bir Hakeim, en la línea 6, gritó Marlon Brando, transformado en el náufrago Paul, una espantosa blasfemia -la que abre ‘Last tango in Paris’- y antes de morir triste y sola en un coche aparcado a dos patadas de allí, en Passy, Jean Seberg subió y bajó los Campos Elíseos vendiendo el ‘Herald Tribune’ en ‘A bout de souffle’, lo mismo que los soldados nazis de ocupación en el emocionante plano de apertura de ‘El ejército de las sombras’, del muy injustamente olvidado Jean Pierre Melville (sólo que sin vender el ‘Herald Tribune’). ![]() Le pont de Bir Hakeim, ligne six, entre les stations de Passy y Bir Hakeim (Oh, la la, qu´il est facil le français, quoi! N´est pas mon vieux?) ![]() Marlon Brando y Maria Schneider atraviesan el puente de Bir Hakeim en la secuencia de apertura de 'El Último Tango en París' (B Bertolucci, 1972) cuando sus personajes ni siquiera se conocen. ![]() Catherine Demongeot y Philippe Noiret pasean por el mismo lugar en 'Zazie dans le métro' (Louis Malle, 1960). París albergó, incluso, al pobre James Joyce con su manuscrito loco -que nadie entendía- así como a su numerosa y sufriente familia hasta que otro loco, esta vez loca, pilló el manuscrito, lo editó (nadie sabe como, porque era ininteligible, dicen), lo publicó y creó dos leyendas: la del ‘Ulises’ y la suya propia, la de Shakespeare y compañía, que dura todavía (aunque falseada, según algunos puristas). ![]() Joyce y su editora en la antigua Shakespeare & Co ![]() Una placa recuerda hoy en la calle del Odeón el sitio donde sucedió todo (debo decir que jamás he leído el 'Ulises' y que los cuatro chascarrillos que sé me los han relatado dos apasionados del día ése del salchichón mañanero y la peregrinación ritual por Dublín. Gente un tanto 'freak', bienhumorada y excelente lectora que es el mejor calificativo que puedo adjudicar a nadie: jamás, pero jamás, me ha decepcionado uno de estos seres -los 'lectores'- con salidas miserables. Gente rara de cojones, absolutamente imprevisible pero fiable... Bueno, razonablemente, no nos pongamos estupendos. Las librerías de París darían, probablemente, para un libro porque están llenas de leyenda. La de Maspero -La Joie de Lire, La Alegría de Leer, toda una declaración de intenciones- con editorial propia detrás, no podía eludirse. François Maspero era un tipo con pelotas de acero que en los sesenta se había hecho célebre por su oposición encarnizada y activa a la guerra de Argelia, lo que le costó serios disgustos (incluso físicos). Entre otras hazañas ‘menores’ suyas están las relacionadas con España, como su ayuda incondicional a la gente de Ruedo Ibérico y, ya recientemente, su traducción al francés de Arturo Pérez-Reverte (‘Un día de cólera’, entre otros títulos). ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() Esto es para los de 'capitan-alatriste.com'. Traducciones de Reverte firmadas por François Maspero. ¡Menudo lujazo! Un abrazo, majos. En La Joie de Lire adquirí el libro del pedagogo AS Neill. Los hippies y los revoltosos de mayo habían convertido a Neill en un gurú que, fatalmente entendido e interpretado -a mi juicio- ha sido la base de tanta tontería educativa, libre y abierta como se ha padecido en los últimos años. Editado por la editorial del propio Maspero, el libro recogía la experiencia de Neill en su escuela libre de Summerhill. A mí, viniendo como venía de la España de garrotazo y tentetieso, lo que contaba aquel fulano, Neill, del que oía hablar por primera vez, me pareció pura SF. Pero su libro, naturalmente, me entusiasmó. ![]() Releyendo aquel viejo libro -que aun conservo lleno de subrayados y anotaciones que delatan a un joven iluso e insensato- descubro esta frase de AS Neill que hoy, mil años después, se me antoja casi una revelación. ‘L´enfant gâté (...) est le produit d´une societé gâtée’. El verbo ‘gâter’ tiene numerosas acepciones y ninguna traducción ‘buena’ al español. Desde ‘maleducar’ hasta ‘arruinar’ pasando por ‘mimar’ o ‘consentir’ e, incluso, 'contemplar' (arrobado) o 'adorar'. Así que podemos traducir ‘El niño maleducado es el producto de una sociedad maleducada’. O también ‘El niño consentido es el producto de una sociedad consentida’. Aunque la mejor, para mí, sería ‘El niño mimado es el producto de una sociedad mimada’. Y a la vista de tanto niño ‘problemático' cuyo único problema es que en su momento papá no le dió una galleta a tiempo (al margen de los verdaderos niños con alguna verdadera patología, que también los hay) me pregunto si no estaré viviendo en una sociedad mimada, maleducada y consentida. Todo a la vez. Por ella misma, claro. Una sociedad, en resumidas cuentas, ‘encantada de haberse conocido’. Aparte la esperanza de que el pedagogo británico no estuviese en lo cierto, me queda también la de que la lengua inglésa original mejore la cosa y de que el francés ‘gâter’ sea la elección del traductor para un verbo anglosajón con alguna alternativa española más suave que las que permite el durísimo y contundente ‘gâter’ gabacho. ![]() Taller de cuentos en español para niños de tres a seis años que ya hablan español o quieren aprenderlo. En la nueva dirección de la calle Littré y llevada por los hijos -parisinos- de Soriano. Si alguna vez vais a París, no dejéis de pasaros por allí. Aunque sólo sea como peregrinación y homenaje a la memoria de la larga tradición de exiliados y emigrantes españoles en Francia y en París. Que ojalá no vuelva jamás, las cosas claras. En la Librería Española estaba todavía el mítico Antonio Soriano, del que la leyenda contaba que había sido soldado del Ejército Español (leal) entre 1936 y 1939 y que calzando todavía botas militares habría fundado su librería sin otro capital que una maleta de libros editados en España en el período de la II República, maleta que habría salvado milagrosamente durante la retirada de Cataluña. Con semejante equipaje (que, dadas las circunstancias, bien puede calificarse de exótico) habría cruzado Le Perthus a pie y atravesado Francia huyendo de los nazis. Una historia de cine. ![]() ![]() ![]() ![]() Su librería se localizaba -como todo- en el Bº Latino, Blvd St Germain arriba, y tenía el 27 completo publicado por la bendita Editorial Losada, de Buenos Aires, en su ‘biblioteca clásica y contemporánea’ que hoy para mí es mítica. Allí estaba Lorca sin restricciones (‘tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras...’) acompañado de Miguel Hernández (‘no puedo olvidar que no tengo alas, que no tengo mar, vereda ni nada con que irte a besar’), Alberti y su legendario ‘Burro Explosivo’ con la (formidable)’Tabla de dicterios para cantarle a Franco en las escuelas’ (dos por nueve, chiquitísimo, dos por diez, generalísimo), la tierna, equívoca y erótica ‘Historia del Corazón’, de Vicente Aleixandre (futuro Premio Nobel de Literatura) y, como no, la ‘Antología Rota’ de León Felipe Camino Galicia (‘Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra’). Y, bueno, el recio y lírico comunista vasco Blas de Otero (‘árboles abolidos, volveréis a brillar’). Como punto de encuentro entre españoles, allí era fácil oír hablar español, que te identificaran como tal aunque no abrieses la boca y que acabaras rodeado de españoles, relacionándote con españoles y, en fin, hablando español. Entré como quien entra en una iglesia, mareé lo indecible, localicé la ‘Historia de España’, de Pierre Vilar, que editaban ellos y que me había encargado mi padre, y salí huyendo con ella y con los poetas porque para dos meses que iba a estar en París me había jurado huir de los españoles como de la peste. ![]() ![]() ![]() ![]() ![]() Aun así, no pude reprimir el morbo de visitar también la librería de las míticas Editions Ruedo Ibérico. Si de verdad querías aventura y ‘libros prohibidos’, tú sitio era ése. Una editorial francesa (con librería propia) sólo que creada y llevada por españoles con un único y entrañable objetivo: joder al Caudillo. Para ello publicaban en español todos los libros rigurosamente prohibidos por Franco y su gentecilla y que se distribuían en España ‘bajo mano’, así como en algunas librerías escogidas del centro de París (como Maspero o la Librería Española) y, por supuesto, a lo largo y ancho de todas las ciudades y pueblos del sur francés cercano al Pirineo y a la frontera con España. Ruedo Ibérico abría su propia librería al público en pleno Bº Latino, detrás de La Sorbona, y entre sus méritos innegables se encontraban la primera edición absoluta del Ian Gibson sobre Lorca (y su, entonces, misteriosa muerte) y del que yo tengo una edición muy ampliada (tanto que ya es una completa biografía del poeta) publicada ¡por el diario ABC! (anda y que no ha cambiado España) y la ya entonces celebérrima ‘Guerra Civil Española’, de Hugh Thomas, todo un best seller clandestino en la entrañable España de la época. ![]() ![]() Allí si que entré como en una iglesia, abrumado por el peso de una leyenda consolidada por el éxito sin paliativos del libro de Thomas. Me llevé el anónimo ‘Pequeño Libro Pardo del General’, una aproximación a la personalidad de Franco en función de las obsesiones que revelan sus discursos. Con los años, aquel libro ha terminado siendo un pequeño clásico, ‘Los demonios familiares de Franco’, de Manuel Vázquez Montalbán. ![]() ![]() En fin, qué había entonces muy buenos motivos para peregrinar a París, cosmopolo loco, punto de encuentro, capital mundial del turismo (con permiso de Roma), centro de la Tierra, eje espiritual de Europa (que es como decir del Universo) y entonces uno de los pocos lugares del planeta (con Nueva York, Londres y, quizá, Roma) donde era posible vivir la Humanidad entera en menos de 100 kilómetros cuadrados. Y es que París, en el fondo, era y sigue siendo sólo una leyenda, una meca, un destino (o un desatino, más bien) de esos que cada cual lleva en la cabeza y que existe exclusivamente en una esquina del alma. Ya, sí, claro, una tontería, pero ¿quién sobreviviría sin esas tonterías, sin esas absurdas leyendas personales, apasionadas, carentes del más mínimo sentido y que aguantan resguardadas en los pequeños y recónditos recovecos del alma? Nadie, no sobreviviría nadie. Porque el objetivo de todas esas pequeñas leyendas es precisamente ése. Sobrevivir. ![]() |
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