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En el espacio de David Bowman

Entre 2001 y 2010: aquellos maravillosos años.

Dave Bowman

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“Mientras aclaraba sus ideas, meditando sobre el inédito poder que poseía, decidió esperar. El mundo le pertenecía, aunque no sabía qué hacer con él.

Pero ya se le ocurriría algo”.

Con estas misteriosas palabras cerró Clarke su novela “2001” (basada en su guión para la película del mismo título). Poco después daba continuidad a la historia en su novela “2010”. En ella, David Bowman, el protagonista de los dramáticos sucesos de 2001, ya no era un homo sapiens: había experimentado la metamorfosis que podéis seguir en este superfabuloso blog. Bowman vuelca en él su soledad, su desconcierto y su desamparo en esos años oscuros que van de 2001 a 2010 y que Clarke nunca narró: los que vivimos ahora. Bienvenidos.

On-y-va danser le 14 juillet!






                          “Si de joven tuviste la suerte de vivir en París,
                           París te seguirá el resto de tu vida porque París es una fiesta
                           que se queda a tu lado para siempre, vayas donde vayas". 

                                                                                    Ernest Hemingway
                                                                                   “París era una Fiesta" (A Moveable Feast)



-Bowman, iremos a bailar el 14 de julio... ¿no es ello que lo es, no es?

Creo que en aquel entonces yo debía haber bailado unas dos veces en mi vida.

Dos veces.

Una.

Y dos.

-¿Dónde dices que vas a ir? -inquirí, confuso.

-Hombre, David, oh la la la... A bailar a La Bastilla. Contigo, mi dios, n´est-ce-pas?

Las dos veces que había bailado, la propuesta había sido mía. Naturalmente. ¿Qué coño me estaba contando pues aquella gabacha tronada, si puede saberse? Para el joven y entusiasta proyecto de machote que era yo, lo que estaba pasando no constituía más que un despropósito, una anomalía en el orden de las cosas, así que miré a los ojines de la Elenita como habría mirado a una osa de color verde.

-¿A bailar, dices?

Pregunté ‘¿a bailar?’ como habría preguntado ‘¿a cruzar el Atlántico nadando?’ En honor a la verdad, no estaba muy seguro de haberla entendido. No tanto por el idioma como por la alteración radical que su sugerencia introducía en los usos sociales que yo conocía. Hélène se limitó a sonreir a veinte centímetros de mi cara.

-A bailar. ¿Es que nunca tú has bailado oh, la, la, la, mi Dios, no es ello así?

Yo parpadeé. Cuando Hélène sonreía, se me deshacían los lalaringunillos, que no sé lo que son pero puedo jurar que se me deshacían. Y semejante cosa -que se me deshiciesen los lalaringunillos- no me había pasado jamás.

-Eh. Oh. Eh...

-Ah, mon cher petit David, soit pas mauvais, je t-en-pris. On dit jamais ‘non’ a une jolie petite fille... (¡Ay, Davidín, cariño, no me seas malo, por favor. A una chica guapa no se le dice nunca que no!).

Aquel argumento era irrebatible, al menos en la parte de ‘chica guapa’. Porque yo no sé si Hélène era ‘guapa’ (conforme a los estereotipos más socorridos), pero sí sé que a mí, al menos, se me antojaba una mujer bandera y puedo jurar sin temor a equivocarme que era la economista especialista en prospección de la economía europea a futuros cercanos más atractiva, espontánea y encantadora que había conocido nunca. Bueno, en realidad era la única. Y me decía que si todas las economistas especialistas en prospección de la economía europea a futuros cercanos que había en el mundo eran la mitad de ‘sympas’ que ésta (o sea, la mitad de ‘simpáticas’), el futuro cercano de la economía europea se antojaba prometedor.

Sobre todo si las economistas especialistas en prospección de la economía europea a futuros cercanos que había en el mundo se referían a sí mismas como ‘jolies petites filles’ -que es algo así como ‘nenitas monas’- mostrando el mismo cachondo desparpajo que mostraba la Hélène.

En aquel momento de mi vida, para colmo, estaba descubriendo que los andares de las señoritas, fueran economistas o pilotos de pruebas, contienen algo especial que debe apreciarse, valorarse y, en fin, admirarse -¡ooolé!- como se admiran l´Arc du Triomphe, en L´Etoile, la fachada norte del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en la vertiente madrileña de la sierra del Guadarrama o las cúpulas del Kremlin en la Plaza Roja de Moscú. Más, incluso. Así que cuando la economista se dio la vuelta y salió de la habitación, los lalaringunillos colapsaron y dejé de respirar alelado como si aquello que acababa de ver fuera un prodigio.

Y realmente lo era.

Pero no sólo los andares. La desenvoltura de Hélène, a años luz del de las chicas españolas de clase media de su quinta, y aún de la mía (que eran las que yo había tratado, poco, eso sí) resultaba fascinante y de algún modo me recordaba las descripciones (secretamente) embobadas que en los años veinte hacía Julio Camba de las ‘girls’ norteamericanas (véanse las recopilaciones de artículos tituladas ‘Un año en el otro mundo’ y ‘La ciudad automática’). A aquellas ‘girls’ se rindió el misógino reclacitrante y jovial que fue Camba y poco debió faltar para que una de ellas se lo llevase a Las Vegas.

Hélène, en resumidas cuentas, era mucho más que una chica a conquistar. Antes -y sobre todas las cosas- me había echado un amigo, un 'compi' con el que podía mantener una relación al margen del sexo, es decir, al margen de que ella perteneciera al sexo femenino y yo, al masculino.

Hélène era una persona inteligente, amable y cordial con la que la convivencia en un mismo contexto doméstico era bastante sencilla. Y eso a pesar de unos andares ante los que la indiferencia fuera ensoñación y que encima se aparecían encantadoramente realzados por unos ‘jeans’ -la moda parisina del momento- ciertamente diabólicos, es decir, capaces de hacerle creer a uno que uno era libre. Y no. Uno era español, una cosa que en materia de relación sexual condicionaba un huevo. Para empezar, la mujer española de la época vivía, literalmente, en una peana inaccesible. Estaba divinizada, se aburría mortalmente y, lo que es peor (desde mi perspectiva) aburría mortalmente.

Con ella, para empezar, no había manera de mantener una relación amistosa y de entendimiento al margen de la condición sexual de cada uno. Antes de 1980, la mujer española era, fundamentalmente, hermana, novia de toda la vida, esposa después y, por fin, madre y abuela. Por extensión, y como concesión especial, se le consentía ser también dependienta, maestra, enfermera, limpiadora y prostituta. Y nada más.

Cuando aparecieron las primeras tías guardias de la porra, médicos y taxistas, de hecho, era complejo funcionar ya que siempre andaba por ahí flotando la cuestión ‘ligue’. Y del mismo modo que se tonteaba con la enfermera o la dependienta dejándole claro que uno era un atractivo hombretón, había que dejárselo claro a la doctora que te recetaba supositorios. Y claro, como que no.

Las españolas anteriores a 1980 tenían, encima, unos andares patéticos. Y es lógico: para empezar no llevaban ‘jeans’ sino faldita escocesa tableada hasta la rodilla. Encima hacían ‘la palanca’ (cuando al bailar ‘arrimabas material’), les encantaba ir los sábados a la calle Fuencarral (a encontrarse con sus amigas y con los ‘novios’ de sus amigas, que hacían oposiciones al Banco de Bilbao y al Exterior) y se ponían histéricas si se les arrugaba la falda tableada. No digo yo que haya que ir a todos lados con la falda hecha unos zorros, pero miles de años después sigo echando de menos en las chicas de mi quinta la capacidad de llevar con cierta naturalidad las arrugas. Y todo: no había manera, en realidad, de relacionarse con ellas con ninguna forma de naturalidad. Claro que si una, por algún extraño milagro, hubiera mostrado en España la naturalidad que Hélène podía mostrar en Francia habría tenido que cambiar de vida, de barrio y casi, casi de país, yo creo.

-On ira danser le 14 juillet, Bowman?

-Oui.

Ahora que aquellas prodigiosas jovencitas españolas de hace cuarenta mil años se ‘han liberado’ (de todo, salvo de ellas mismas), ahora que están a punto de convertirse en abuelillas y se han hecho -¡oh prodigiosa metamórfosis!- progresistas, antisistema, antimachistas, antitaurinas y antitodo, siguen resultando igual de ortopédicas que cuando tenían veinte años y sólo soñaban con llegar ‘íntegras’ -¿íntegras?- al matrimonio para ‘ofrendarse’ a ‘Él’ y, claro, casarse de blanco, con muchas flores, mucho órgano (el instrumento musical digo) y mucho Mendelheson, chan - ta, ta, chan - ta, ta, chan - ta, ta, chan - ta, ta, chaaaaaaan, dale que te pego.

Particularmente, sólo empecé a notar algún cambio en la hembra hispana mucho después, ya muerto El Botas, cuando alcanzaron la mayoría de edad las españolas que, cuando yo estaba en París, tenían cinco o diez años (las ‘chaconas’, que las llama uno).

Todo esto gracias a que Tejero, Milans y Armada eran unos chapuzas. Bueno, y a qué SM El Rey estaba firmemente decidido a reinar sobre un país ‘modelno’, de qué sino. Hoy no habría ‘chaconas’ y las chicas de esa generación serían personas completamente distintas de las que hoy son. Es decir, serían zombis.

Las ‘chaconas’ (tengo la impresión) ‘sólo’ han tenido dos problemitas. Que sus hombres no siempre han sabido acompañarlas (hasta el punto de que es posible encontrar todavía sorprendentes resabios machotes en treintañeros). Y que algunas han confundido naturalidad, deshinibición y desenvoltura con grosería.

La que no conocía ese concepto -grosería- era la Hélène, así que, claro, yo iba en la gloria escoltando por las calles de París a aquella ‘môme’ (argot: literalmente, ‘momia’ pero con el sentido de ‘tía’, ‘nena’, ‘chavala’, etc) vestida para matar que me había elegido como pareja para salir la noche del 14 Juillet. De hecho, no podía creer que aquel deslumbrante bellezón me hubiera preferido a mí, a mí, para hacerle lado cuando tenía asín de proporciones. Asín. Y si ella iba riéndose -y preguntando por las ‘verbenas’ españolas (las llamaba así, ‘verbenas’, en español)- yo me limitaba a escoltar eufórico el espectáculo que era Hélène aquella noche, empezando por el animado y rítmico repiqueteo de sus abismales taconazos de aguja sobre el pavimento parisino.

Se había puesto un vestido oscuro, de tirantes, que permitía al mundo disfrutar el espectáculo de sus hombros, brazos y omóplatos, que eran la obra de Dios más impecable del Universo. Completaban la faena algunos collarones -así como hippies- y su media melena saludando a la noche y a los parisinos, que me miraban con envidia. Yo era alguien, representaba algo en los animados bulevares gracias a ella.

Y yo, que me daba cuenta de eso, me sorprendía.





París ardía. Todo cristo estaba en la calle, en el cielo estallaban los fuegos de artificio y la bulla y la música surgían de todas las esquinas. Se celebraba una fiesta cívica, republicana y plural que mezclaba lo más tirado con lo más ‘chic’, un poco como en una fiesta española de pueblo, con todo el mundo muy arreglado y manteniendo las formas, la compostura y la educación. Sólo que aquí, además, las clases no se mantenían. Sí, aquella noche las clases sociales estaban abolidas. Y es lógico: por todas partes había guirnaldas con los colores nacionales así como alegres ‘mariannes’ con gorros frigios. Y por todas partes, sobre todo, se veían sonrisas pintadas en las caras. Era el rito viejo de la ‘fraternité’, la tercera parte de la divisa nacional, otro recuerdo dejado por la Revolución y que un año más se renovaba. Al fin y al cabo, estábamos celebrando el asalto popular a la cárcel de una tiranía. Para mí fue imposible no evocar el mundo ‘frontpopulaire’ del cine de Jean Renoir, sobre todo cuando el ritmo machacón de las entonces inevitables palomitas de maíz -pi po pi po pi- llegó inconfundible y claro a mis oídos, cada vez más fuerte, y aterrizamos en la Bastille donde una excelente orquestina con no menos de diez músicos hacía ‘bailar’ -por decir algo- a una muchedumbre de miles de parisinos de todos los pelajes que daban saltos descoyuntados. Lo mejor era que los músicos no producían electrónicamente el ritmo ‘popcorn’ (entonces popular en medio mundo) sino que se valían de un xilofón gigante que machacaba un negro sonriente, espídico y zumbado al que sus compañeros músicos seguían con viveza alegre y vibrante. Había una sección de viento, un bajo, un par de guitarras y una batería enloquecida más tres cantantes-percusionistas que en esta pieza se limitaban a bailotear por el escenario sacudiendo sus instrumentos (maracas, pandereta y una especie de rascador).



Mlle. Marianne, símbolo de la Republique.



Total y a lo que vamos, que Mademoiselle Hélène et moi aterrizamos en La Bastille dando saltos -Hélène con gracia aérea, yo igual que un simio electrificado- y que no paramos hasta una hora después. A las ‘palomitas’ siguieron los ‘greatest hits’ de la época -o sea, los de Middle on the Road, Tom Jones y James Brown- a cuyos compases hicimos el animal, pero bien, hasta que llegó, como no, la inevitable cursilería del momento, el ‘j´ai un problème’, de Johnny Hallyday y Silvie Vartan -parejita que ya forma en el patrimonio nacional francés con la Casa Dior, el trajecito Chanel y las focas de la BB- y se inauguró el ‘lento’ (también llamado ‘agarrado’). Hicieron las veces del Hallyday y señora (que, claro, no estaban en La Bastille de cuerpo presente) un rubito algo abombado y con pelo de casco y una negrita monísima con peinado afro y pantalón campana que fueron coreados con entusiasmo por toda la plaza.


Johnnie et Sylvie: 'Pimpinela' avant la lettre (o sea, 'Pimpinela' antes de 'Pimpinela')


Dis-moi pourquoi...
Tu es mon seul problème...
Dis-moi pourquoi...
Tu es mon seul souci...

Dime por qué, a ver,
eres mi único problema.
Dime por qué, a ver,
te has convertido en mi única inquietud.


La Hélène y yo nos fundimos en uno, o sea, no yo, que venía de La España y que estuve -por tanto- prudentísimo, acostumbrado a como las gastaba la española. Eso sí, aprendí enseguida lo que es un ‘agarrao’ de veras y sin palanca, o sea, arrimando material sin límite ni freno. Entregando el cuerpo, vamos, a la voluptuosidad del otro.

Et quand vient l'amour...
On est un peu surpris...

Y es que cuando el amor llega
se queda uno como alelado


Fue una sensación rara y fantástica -y muy emocionante también, a qué negarlo- hasta el punto de que se me alegraron extraordinariamente las pajarillas, fenómeno que no sólo no pasó inadvertido a mi pareja sino que tampoco pareció importarle lo más mínimo (si tal cosa me pasa en España hubiera sido repudiado al grito de ‘¡guarro! y puede afirmarse que habría salido bien librado de no llevarme, además, una ostia gratis de regalo, la española cuando casca es que casca de verdad).

A cause de toi...
Je ne suis plus la même...
Moi par ta faute...
J'ai changé aussi...

Por tu culpa
ya no soy la misma ¿sabes?
Pues también yo,
por ti, he cambiado, para que te enteres.


Vamos, que el que había cambiado era yo y Hélène celebró al acontecimiento arrimándose más aún, si es que tal cosa era posible ya. Mis convexidades reposaron en sus concavidades, como si ambas hubieran sido creadas a la vez y a partir de los mismos planos, y descansé con la confianza de un peregrino que ha alcanzado al fin su particular Moriah-Hierosolyma.

-¡Ultreyá! -grité con entusiasmo excesivo y traído por los pelos.

Je ne sais pas
Où ça nous entraîne...
C'est de la chance ou bien...
C'est de la folie...
Si tu n'es pas vraiment l'amour...
Tu y ressembles...

No sé yo donde
nos llevará esto.
Si es suerte
o más bien una locura.
Pero si no eres tú de verdad el amor
te digo yo que te pareces mucho, vaya.


Hélène, divertida, me acarició entonces una oreja sin dejar de susurrarme terneces gabachas al oído.

-Que tu est beau mon pett chouchou espagnol....

Yo, a aquellas alturas, claro, tenía sonrisilla de pato feliz. Allá arriba, en el escenario, siguió entonces una escogida selección de los repertorios de Edith Piaf y Salvatore Adamo. Y, sobre las dos de la mañana, lanzados los músicos cuesta abajo, se arrancaron los cantantes ni más ni menos que con el mismísimo Carlos Gardel.

Si supieeeegás que aún dentgo de mi aaaalma
consegboquel caguiiiinio que tube paaaaga ti.

Con tal motivo, Hélène y yo hicimos unos simulacros de tango bastante demenciales que se salvaron mínimamente gracias a que coreé a los músicos (con gran entusiasmo de Hélène, las cosas claras, que palmoteó feliz aplaudiendo mis intervenciones) y al apoyo de unos argentinos medio pirados que perdidos entre la ‘foule’ estaban borrachos de Europa y que se unieron a nosotros incondicionalmente.





Volveeeeeg
con la fgente magxitá,
las niebes del tiempó pateagón mi sien.
Chin pon.


-¡Ché, pero qué...! ¡Vení! ¡¡Sos gayego...!! ¡Walter! ¡Luis Diego! ¡Vení acá! ¡Vení, Torontini, hay un gayequito acá!

-¿Qué desís? ¿Un gayego que canta a Carlitos? Vamos a tanguear en La Bastille.... ¡Pero que boliche, loco! Cuando lo sepan en Palermo será la folí....

Sentiiiiiiig
quesún sooooplo la viiiida,
que veinte años no es nada,
que fabgil, la migada,
egante, en la sombga, te busca y te noooombga...

Al alma arrebatada y romántica de Hélène se le antojó aquel breve tangueo la quintaesencia de la belleza, del cosmopolitismo y de la pasión de la España.

-Oh la la la la la la que çá c´est beau, mon Dieu...
-aplaudió feliz, convencida de que los argentinos eran unos españoles un poco raros. De la Catalogne, probablement, n´est-ce-pas?

Viviiiiig, con el alma afegada
a un dulse guecuegdo que shoro tgáves. Chon, chon.

Nos despedimos de los argentinos (‘¡ché, gayeguito, nos volveremos a ver ¿eh? En Corrientes o en la Gran Vía. El mundo es muy chico. ¡Suerte!’) e iniciamos el regreso a casa a través de las calles iluminadas por los fuegos de artificio, su mano en la mía, los taponazos del champán en la cabeza y miles de risas rebotando en los cristales. Paris nous appartient (René Clair disait, o sea, que el viejo cineasta decía -en el título de una de sus pelis memorables- que ‘París nos pertenece’, que es de todos, vamos)

-Baisse-moi, imbécile!

Cruzábamos la Place des Vosges y Hélène se detuvo justo en la acera de la casa de Victor Hugo mirándome muy seria. A lo lejos se oía La Marsellesa, el eterno allons enfants de la patrie...

-Baisse-moi, quoi
-repitió inmóvil, esperando.

Dios sabe que hubiera hecho cualquier cosa que me hubiese pedido, cualquiera, así que naufragué en sus ojos entonando mentalmente el viejo himno revolucionario: ‘le jour de gloire est arrivé’.

Hélène sabía a fresa, a tutti-fruti, a rosas, a libertad recién exprimida. Y esa noche comulgué con su cuerpo santo, me traspasaron las flechas de Eros-Cupido y ascendí, herido de amor, a los Cielos. Sólo bajé por la mañana, transfigurado y desleído, primero, y diluído después en ella.

Pero ya no era yo, era otro.





Tengo miedo del encuentro
con el passssado que vuelve
a enfrentarse con mi viiiida.

Tengo miedo de las noches
que pobladas de recuerdos
encadenan mi soñaaaar.

Pero el viajero que huye,
tarde o temprano
detiene su andar.

Y aunque el olvido
que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión

guardo escondida
una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.














El día de mi muerte, la plaza de la Bastilla y la Estatua de la Libertad




La nuit du 14 juillet á La Bastille. Baisers volés. (O sea: besos robados). Pincha en 'besoss robados' y se te aparecerá Saint Charles Trenet)

Lo más importante que le puede pasar a un francés, además de que otro francés gane el Tour, es que una chavala lo invite a la verbena del 14 de julio. Y si el francés, encima, no es francés (pero la chavala, sí) sino español, bien puede decir (el tal español) que su vida ya tiene sentido. Tanto que un día, además, podrá contar el suceso como un mérito al Santo Tribunal del Más Allá.

-Bueno ¿y este imbécil? ¿Tiene algún mérito en su haber o lo mandamos directamente al averno?

El Día de mi Muerte sonreiré con suficiencia ante el Tribunal establecido para decidir mi Destino Eterno.

-Con permiso, Señor, una vez una chavala me invitó al baile del 14 de julio... Dicho sea con absoluta humildad.

El Santo Tribunal, como si lo viese, no dará crédito a mi palabra

-¡Qué me dice! ¿En La Francia? ¿A usted?

-Pues sí señor.

Debe usted tener alguna virtud oculta...

-Pues sí....

-¿Y cuál, si puede saberse?

-Pues... no sé, pero incluso la besé, con su permiso de usted y si se me permite la inmodestia, pero es que así fue. Aunque tampoco sé si eso contará....

-Ya lo creo que cuenta. ¡Besar a una francesa! Oh, la, la... Además, aquí pone que hubo, incluso, algo más que un beso...

-Ejem, sí, señor...

-A ver... mmm... tocamientos... Actos impuros... ¡Ave María Purísima!  ¡Jesús, María y José! ¿Es esto posible? ¡Pero es usted un salvaje! A ver, Flanagan, tome nota. Lo que tiene que contar aquí, el caballero, promete. Bowman, se llama usted ¿verdad?

Yo entonces asentiré con humildad y modestia. El presidente del Tribunal, sin duda algún destacado Angel de las Milicias Celestiales -sí, uno de los muchos que sirvió a las órdenes del Arcángel San Miguel en la batalla primordial contra Lucifer y los demás ángeles rebeldes- pedirá silencio y escuchará mi relato, asesorado (para la valoración y enjuiciamiento adecuado de los detalles más humanos) por algún santo varón: un experimentado beato de la Tebaida, algún mártir, un misionero moderno, vaya usted a saber.


Font de St Michel, corazón del Barrio Latino, se sitúa a este lado del
puente. Meeting point, lugar señero y mito icónico desde los sucesos de
mayo del año aquel, representa a San Miguel mandando a Lucifer a hacer
puñetas.


-Un momento, caballero. Perdone -me interrumpirá el Ángel en algún momento. Y se volverá a su Santo Asesor- A ver, que no me entero ¿qué es lo que dice, aquí el caballero?

-Bueno, habla de caricias, o sea, de expresiones (especialmente intensas, eso sí) de afecto sincero...

Los ángeles, careciendo de sexo, tienen dificultad para entender ciertas cosas.

-Sí, sí, vale. A ver, prosiga, por favor, Sr Bowman. Y usted, Flanagan, no pierda detalle y anote el testimonio.

Aquí es donde carraspearé -ejem, ejem- y, aclarándome la voz y templando los nervios- intentaré empezar de nuevo remontándome al principio. Y si digo ‘al principio’ es ‘al principio’.

-El 14 de julio de 1789, el pueblo de París, armado de santa ira, asaltó la odiada prisión-fortaleza que se alzaba exactamente donde hay hoy un inmenso carrefour (plaza, glorieta, cruce, rotonda, encrucijada) y una explanada llena de coches presidida por un monolito de tres pares de cojones.

-Vamos a ver, Sr Bowman. Haga el favor de moderar su lenguaje ¿quiere?

-Ejem, sí, señor, perdón por la grosería, pero es que la columna de La Bastille es como la polla de un rinoceronte: (la grandeur, ya se sabe...)

-¡¡¡¡¡Sr Bowman!!!! ¡Mi paciencia tiene un límite! Aquí ninguno somos monjas pero estamos en un lugar santo igualmente.

-Perdón, Como el falo -o pene- de un rinoceronte: en Francia NADA es pequeño NUNCA. Si se hace una Revolución, se cambia el Mundo. Si se hace una avenida, se hacen los Campos Eliseos. Si se hace un mecano, se levanta la Tour Eiffel. Y si se lleva un regalo a los amegüiqueins (para celebrar su independencia) nada de tonterías ni un recuerdito. No, no: se planta uno en el puerto de Nueva York con la Estatua de la Libertad y dos cojones.

-Bon jour, mes amis (o sea: 'Buenos días, mis amigos')

-Good morning ¿how are you?  (translesion: 'Buena mañana ¿cómo está usted?')

-Bien, gracias, pues nada, que hemos venido a la fiesta de celebración y les traíamos un detallito, cosa simbólica y decorativa

-¿No será una porcelana de Lladró?

-Huy, que va. Nosotros somos franceses, no falleros. Traemos La Libertad Iluminando el Mundo.

-Jodó, no tenían que haberse molestado, que atentos, que detallazo, que profundo, cómo se ve la clase, el señorío, la Frans, la cosa. Pues nada, pónganla ahí, sobre la tele.

-Huy, sobre la tele. Necesitamos un pedazo peana. Una isla.

-¿Una isla? ¿Entera? ¿Y ha de ser muy grande? Australia no es nuestra (todavía). ¿Les vale Cuba? Tampoco es nuestra pero lo estamos arreglando...

-Uy, no, no. Con una islita de estas de la desembocadura del Hudson nos vale.... Esa está bien, la de Bedloe

Bueno, pues la columna de la Bastilla, igual. No es la Estatua de la Libertad pero es un cacharro imponente y sin comparación con nada que presida una rotonda, sobre todo en España. Claro que una cosa es una rotonda corriente y moliente y otra, la Place Bastille. Aquí, en España, lo más que tenemos en materia de rotondas y glorietas (aparte los ‘Carrefour’, que son unos supermercados) son los Cuatro Caminos, una glorieta que hay en Madrid y que le hacía mucha gracia a don José (de Ortega y Gasset) porque la veía como un símblolo moral: la representación más terrenal y práctica de los cuatro caminos que se abren al hombre virtuoso: la Fe, la Verdad, la Templanza y la Justicia: cuatro caminos a elegir. Y cuando subía en tranvía por el camino de Chamartín a La Moncloa -hoy avenida de Raimundo Fernández Villaverde- y el revisor anunciaba a voces la siguiente parada -’¡Señoras, señores! ¡Cuatro Caminos!’- el insigne filósofo se maravillaba de que encrucijada tan decisiva para el cuajado definitivo del ‘hombre moral’ se presentase al ser humano de manera tan clara, directa y castiza. ‘¡Señoras, señores! ¡Cuatro Caminos!’ se repetía mentalmente el atónito filósofo, que completaba mentalmente la cantinela del ferroviario. ‘¡Enlace a Fe, Verdad, Templanza y Justicia!’





Lo más parecido a desmesura y ausencia de complejos que he visto yo en mi vida fuera de París -y de Francia toda- es Buenos Aires. El porteño se cree francés y su único problema -que no es pequeño- es que no lo es. Cuando el porteño se da cuenta de que no es parisino, sino porteño, y de que no está en Europa, sino donde Cristo dio las tres voces, se va al psicólogo, que es la explicación a que haya tanto psicólogo argentino. Veinte millones de porteños pidiendo psicólogo, abrumados por la certeza de que no son franceses ni llevan camino, son muchos porteños.

En cambio los españoles no tenemos, por definición, esos problemas existenciales (ni esos ni ninguno). Y el que los tiene, se mete en un bar o en el Opus Dei, si puede, porque la Obra no quiere a cualquiera y practica un estricto y exquisito ‘numerus clausus’ (alguna cochinada del KarmaSupra, seguro).

Sobre el bar español falta un estudio de carácter antropológico. Sí, sí. La querencia del español por el bar va más allá de la sociología y entra directamente en el vasto campo de la antropología. ‘El español y el bar’ -se titularía- ‘Historia de una malformación genética’. Sobre el español y el bar se han escrito muchas majaderías y una verdad irrefutable: que el bar español es la causa de que los psicólogos, especialmente los argentinos, no se coman un rosco en España, bendita tierra donde puso su trono el amor).

El caso es que para parecerse a París, los porteños abrieron la Avenida de Mayo (que se tarda su buena media hora en cruzar) y unos años después levantaron por allí cerca un pedazo de obelisco que te caes de culo de grande que es. Los porteños confundieron el lema de La Grandeur (para que ande, que sea grande) y se quedaron con el castizo y españolísimo ‘ande o no ande, que sea grande’, que es parecido pero que no es exactamente lo mismo. Y así les va, claro: que la cosa es grande pero que no hay dios que la mueva.

Bueno, dejemos a los porteños con sus interminables dudas existenciales y volvamos a La Bastille donde, después del triunfo de la Revolución, cayeron la vieja fortaleza-prisión y las murallas. París entonces creció, la explanada resultante se convirtió en un importante enclave y punto de encuentro urbano y los parisinos empezaron a juntarse allí cada 14 de julio a cantar, bailar, comer algodón dulce y, en fin, homenajear a la Revolución, a la Nación y al Progreso refocilándose sin recato.

-Muy bien -dirá entonces el Angel Presidente del Tribunal del Más Allá- Y ahora ¿podría usted entrar en materia? Porque se va haciendo tarde, hay más almas además de la suya y no podemos tirarnos aquí toda la eternidad.

-Sí, señor. Pues verá. Hélène me dijo que ese fin de semana era 14 de julio y....











Le Plaisir Du Rond-De-Cuir



Le Plaisir Du Rond-De-Cuir se escondía en un callejoncito recoleto y aseado entre la Gare de St Lazare y la Place des Pyramides. Un restaurante auto-service moderno y amplio -muy amplio, incluso- sembrado de mobiliario estrictamente funcional de aluminio y plástico. El conjunto, en blanco y naranja, te estallaba una y otra vez en la retina hasta hacerte llorar bajo la luz de los neones.

Se trataba de un establecimiento eficaz al servicio de los chupatintas (ronds-de-cuir) del representativo barrio metropolitano de oficinas, hotelazos, tiendas ‘first class’ y embajadas de la Rive Droite (orilla derecha) ocupado por una fauna mayoritariamente 'white collar’ (trabajadores de cuello blanco), aunque ya en aquella época hubiese en París (Europa) mucha mujer en las oficinas, ya fuese en la administración (el mismísimo Palacio del Elíseo, sede de la Presidencia de la República Francesa, estaba por allí cerca) o en las empresas (despachos de abogados, sedes centrales corporativas, mayoristas de viajes, comisionistas, agentes en general y, en fin, toda la amplia y variopinta gama del sector servicios) así que además de encorbatados padres de familia middle class de la banlieue se veía también por la zona mucho trajecito chanel salido de las rebajas de La Samaritaine (on y trouve tout á La Samaritaine!) coronados por estrictos moños ‘audrey hepburn’ que empezaban a dejar de ser moda para iniciar su andadura hacia la eternidad.

Semanas después, y durante unos días, se rodaron a sólo cien metros del restaurante algunos exteriores para la peli del gran Rohmer   ‘L´amour l´aprés midi’, que narraba, precisamente, amoríos entre oficinistas a la hora del almuerzo. Aún recuerdo al largo y enjuto Eric estrujando bajo el brazo un maltratado ejemplar del guión, chafado, sobado y arrugado, sobre el que de vez en cuando hacía apresuradas anotaciones mientras dirigía su pequeño ejército de gruistas, iluminadores, cámaras, figurantes y actores. Alguna vez yo también me paré entre desocupados, oficinistas, barrederos ‘noirs’, cocineros ‘argeliens’ y algún ‘clochard’ -que andaría por allí de paso- a ver las evoluciones de Bernard Verley y Zouzou desplazándose de marca a marca una y otra vez para encontrarse en mitad de la calle, besarse y vuelta a empezar.

El dueño de Le Plaisir Du Rond-De-Cuir era el señor Castellani, oriundo de un pueblo cercano al de Hélène y amigo de un tío suyo.  Hombre de aspecto severo, necesitaba algún empleado ocasional, debarrasseur, para cubrir las vacaciones del personal, que en verano se desplazaba en masa al Mediterráneo español a tomar el sol, mojarse la barriga y vivir una novela a los compases de la música de su compatriota Georgie Dann. ‘¡Ka-ssa-tchock!’ El señor Castellani sentía un respeto exagerado por una cosa que él llamaba l´esprit caissier. Además tenía un alto concepto de sí mismo.

-Mon ami Bowman, las monedas de diez céntimos a la izquierda y las de un franco, a la derecha. Il faut comprendre l´esprit caissier. L´esprit caissier c´est un sentiment- decía con absoluta seriedad.

Por las mañanas yo escuchaba sus teóricas como escucharía las doctrinas de un gurú capaz de salvarme de la muerte y por la noche me iba al otro lado del río, a la rive gauche (literalmente, ‘al lado izquierdo’) a ver pelis de Buñuel o el documental Woodstock, otra cosa màs de las absolutamente prohibidas en España.

-Sí, señor.

-¿Que usted me comprende real y verdaderamente, Monsieur Bowman, no es ello ciertamente así?

Yo no entendía absolutamente nada y, en honor a la verdad, l´esprit caissier me traía absolutamente al fresco, igual que ahora por otra parte (así me iba a ver si no) pero yo me daba cuenta confusamente de que el dichoso esprit caissier tenía forzosamente que interesarme y, aún más, tenía que llegar a dominarlo si quería hacer algo notable en esta puta vida.

-Sí, señor. Parfaitment, señor.

Las pelis de Buñuel, el undergroud alemán, el ’Tower’ de Andy Wahrhol, el documentalismo soviético y el nouveeau cinema argelien me entraban suavemente y sin esfuerzo y hasta hubiera podido dar una conferencia sobre el ser y la nada y también sobre el tratamiento que recibe la persistencia del fascismo entre los miembros de la gran burguesía de las pequeñas ciudades europeas en la filmografía de Bernardo Bertolucci. Pero el esprit caissier me ponía de los nervios.

-No, no, no, no, mi querido Bowman. Usted rebaja las monedas de dos francos a la categoria de unos chavos (‘sous’)

Eso era demasiado para el buen el señor Castellani, que sentía por mí un afecto de padre y se esforzaba en adoctrinarme. La verdad era que quería ponerme en el puesto más importante del establecimiento.

La caja.

L´esprit caissier, ya se sabe (literalmente ‘el espíritu cajero’). Total, que dejé Yvelinnes para integrarme en la fauna de la Rive Droite. Como subalterno, sí, pero en la Rive Droite (que no es cosa que puedan decir todos los camareros del mundo, no sé si me explico, no es lo mismo ser camarero, que te diré yo, en Peleagonzalo, provincia de Zamora, que a cien metros de Place Vendôme), todo un ascenso en la escala social (ganaba lo mismo, trabajaba la mitad de horas y desde casa sólo tenía tres paradas de metro: un paseo). Cierto que mis compañeros de trabajo seguían siendo curritos e inmigrantes, pero no es menos cierto también que estaban más asimilados y, sobre todo, especializados, c´est a dire (n ést-ce- pas?) que parecían franceses y que casi habrían podido pasar por sanos muchachotes bretones si no fuese, claro por ‘la’ color.

El lugarteniente del señor Castellani, por ejemplo, el cocinero Ahmed, era un treintañero marocain muy guapito y estiloso que pasaba perfectamente por francés y que llevaba

            a) la cocina con la disciplina, la exigencia y la limpieza de un buque de guerra

            b) un peine en el bolsillo de atrás del vaquero (los jeans)

Había otros tres cocineros, además de él, marocains también, que eran como sus lugartenientes y que nos llevaban a todos los demás firmes. Todos los demás éramos clase de tropa, debarrasseurs, es decir, que nuestro trabajo consistía, básicamente, en quitar bandejas de las mesas. Ya expliqué que Le Plaisir Du Rond-De-Cuir era un restaurante auto-service.

La próxima vez os contaré como llevé a Hélène al baile del 14 de julio. Y lo que allí pasó, que es digno de contarse.

James Stewart y yo




(James Stewart y el pasado (en forma de pesadilla) en Winchester 73 ( Anthony Mann, 1950)


Durante aquel finde solitario y reflexivo -en el que leí ‘Sexe et feminité’ y añoré en silencio a Hélène- también vi en los antros del Quartier (Barrio) Latin (Latino) una hermosa peli prohibida en España -como no- y que se titulaba, precisamente, ‘La última peli’ (‘The last picture show’, algo así como ‘la última sesión’ -en vista de su argumento- o más bien ’la última sala de cine’).

¿El argumento? Pues allá por los 50´s, en un pueblo del medio oeste americano, la única sala de cine echa el cierre definitivo ante el empuje de la tele, la crisis y los nuevos tiempos. La última película que se proyectará en la vieja pantalla es -agárrense los machos- uno de los ‘ríos’ de Hawks, concretamente el rojo (‘Red River’). 






La importancia de The last picture show’ está en que contenía la despedida de Ben Johnson (del cine y del mundo) y la entrada de unos veinteañeros llamados Cybill Shepard (Luz de Luna) y Jeff Bridgess (‘the Dude’ -el ‘Nota’- Lebowsky). Pero si yo la traigo a colación no es por eso sino porque el cierre de la sala cinematográfica es una tragedia para el protagonista, Sony (Tim Bottoms, ‘Johnnie got his gun’), ya que el único aliciente de su vida es ir al Cine. E ‘ir al Cine’ en su pueblo, un agujero en mitad del desierto, quiere decir ir a ver, casi con seguridad, una del Oeste.

http://www.youtube.com/watch?v=aI9zuGdocT4&feature=related

Me viene todo esto a la memoria porque aquel verano, mientras yo estaba en París, murió John Ford, que es algo así como si cerrara también el Cine y se muriera el western, que entonces estaba ya clínicamente muerto. Y también porque el domingo por la tarde, con el largo ‘finde’ a punto también de finar me preguntaba, volviendo a casa sin prisa a través del Marais (el viejo barrio judío), en lo que haría cuando me encontrase de nuevo frente a Hélène (cosa que sucedería, probablemente, nada más llegar a casa). ¿Adoptar el gesto tormentoso y reconcentrado de James Stewart perseguido por un turbulento pasado en los westerns de Anthonny Mann? ¿O mejor el aire displicente, distante y seguro que distingue a John Wayne -que siempre habla bajo, despacio y, sobre todo, poco- en los westerns de John Ford (y, por extensión, en todos los demás)?

Por ejemplo, en Red River, la película de Howard Hawks que siempre se nombra en ‘The last picture show’, pero nunca se ve.



John Wayne vs 'Monty' Clift (su hijo en 'Red River'): dos actores, dos escuelas, dos épocas, dos mundos. Eso sí: sólo se llevaban trece años, lo que no imopidió a Wayne sobrevivir otros trece al 'angry young'.


Nunca, hasta aquel momento, se me había ocurrido pensar en el papel determinante que el cine -y muy especialmente el western- jugaba en mi vida (sin yo darme cuenta). Y no sólo en la mía.

Parece mentira, pero el western ha sido decisivo en la formación sentimental de las generaciones nacidas en todo el mundo durante los veinte años anteriores a la IIWW, así como durante los veinte posteriores. Y aún después. ¿Qué es ‘Star Wars’, al fin y al cabo, sino un western tardío, amanerado y barroco?

Todas las personas de sexo masculino nacidas en el mundo entre 1920 y 1970 recibieron -recibimos- del western normas de comportamiento, modelos para la asunción de roles, metodología para el gobierno de la emotividad y, en fin, pautas para comprender el mundo.



James Stewart, muy alterado, en 'Colorado Jim’ (‘The naked spur'. Anthony Mann, 1950). En aquellos cinco magníficos 'westerns' que en
los años cincuenta interpretó para Mann, Stewart dio cuerpo como nadie a la bíblica y temible 'cólera de los justos'.


Hoy día, ya que se estudian tantas cosas absurdas, algún historiador debería estudiar si el masivo consumo de cine americano -y de cine del oeste especialmente- a lo largo de los años veinte y treinta influyó después (que yo creo que sí) en el triunfo USA en la IIWW. Y cómo lo hizo exactamente.

Personajes de western como Buck Jones, Hopalong Cassidy o Tom Mix -y otros muchos, incluído el chucho Rin-tin-tin- eran populares en todo el mundo y testimonios hay de que en la fase final de la guerra en Europa, tras el triunfo de Normandía, los americanos eran esperados en todos los pueblos del continente como los auténticos ‘cow-boys’ de las películas. Welcome to Marlboro Country. Luego, claro, en la realidad de verdad  aparecía una porción de paletos -que en gran medida eran, como somos la mayoría de los mortales, feos y, para colmo, naaaaaaada 'wasp': negros, judíos y mexicanos- montados en unas ridículas cajas de cerillas con ruedas (los ‘jeeps’) y con aquellos americanos que nada tenían que ver con los de las pelis -Gary Cooper o Clark Gable, mayormente- venía la decepción.


Rin-tin-tin (con ¡Jason Robards! de cabo Rusty) en los locos años veinte. Como se puede
comprobar debajo, aquel perro policía llegaría lejísimos. Los
'tebeos' con sus fantásticas
aventuras a
ún podían adquirirse en los quioscos españoles durante los años sesenta.




La realidad es lo que tiene. Tú idealizas, que sé yo, las corridas de toros, y te pones campanudo y entonces llega la hija de un marino de Asturias y te suelta ‘mucho rollo carolo pero al final todo se sustancia en hacer picadillo a un toro antes de llegar a la cocina’.

Y a ver como la dices que no. Las hijas de marino son famosas por su carácter. Mis tías Virtudes y Bárbarita, sin ir más lejos.

El poeta español Rafael Alberti -que entonces recibía en Roma a sus devotos- resumió poética y brillantemente el estado de la cuestión en dos sencillos y memorables versos autobiográficos: ‘Yo nací, respetadme, con el Cine’. Efectivamente, la llamada ‘Generación del 27’ -la suya, que es la de mis abuelos- nace a finales del siglo XIX con el cinematógrafo, a tiempo de ver el cometa Halley iluminando los cielos del mundo y la naciente estrella de Chaplin adueñándose de las pantallas y de los sueños del planeta. Por primera vez, la Humanidad entera soñaba al unísono. La afición y el gusto al nuevo invento traza una frontera tajante entre aquellos chicos y sus mayores. Adios a los cuellos duros, los botines y las faldas largas.

Había nacido el siglo XX.


Mucho antes de John Wayne existió -y existirá, ya, para siempre- el majestuoso Tom Mix.


La importancia del cine en la formación de la humanidad de los cinco continentes a lo largo del siglo XX es indiscutible y, si lo dudaba, no tenía más que volver la mirada hacia mí mismo y ver mi debate interno tratando de decidirme entre James Stewart o John Wayne, es decir, entre Anthony Mann y John Ford, que es mucho más que un dilema estético. Sí, es una verdadera encrucijada moral y toda una opción vital basculando seriamente entre dos visiones del mundo que, si no opuestas, desde luego son visceralmente distintas. Honda y atormentada, una. Sobria y directa, la otra. El intelectual justiciero frentre al hombre sencillamente justo.



En los cinco westerns que James Stewart rodó con Anthony Mann, el paisaje se convierte en un personaje más, normalmente amenazante. 'Horizontes Lejanos
(Bend of the river, 1950) es, a juicio de este cura, el mejor (además de una peli particularmente lírica,
hermosa y violenta de verdad -no como las de
Torantinino-  que se beneficia de un 'cast' de ensueño y
que ha sido mil veces masacrada bestialmente por los pases televisivos).


Y mientras ascendía por la escalera de la casa del Blvd R Lenoir, en Paris, me decidí bajo el inmenso lucernario en penumbra por el James Stewart de ‘Horizontes lejanos’, aparentemente más fácil, más reflexivo y menos bruto que todos los demás (y bastante menos, desde luego, que todos los John Wayne). Total, que entré en casa meneando los brazos como James Stewart y haciéndome, en fin, el interesante.

-Ah, hola, Hélène. No te había visto -mentí.

Héléne sonrió.

-¿Dónde es que te habías metido? Yo estaba preocupada ¿no es ello?

Seguí caminando como si no la oyera y mirando ostentosamente para otro lado. Por poco me dejo la pierna en la esquina de la nevera.

-¿Qué? Oh, Héléne....

¿Había dicho Héléne que estaba preocupada? A ver si la francesa me iba a salir madrecita española. Para empezar, puso sobre la mesa una botella de vino.

-Es de la parte del mi padre ¿no es ello qué lo es?

Yo contemplé el vino y levanté la botella para mirarla con cara de entender algo, pero si en vez de una botella de vino hubiera levantado, no sé, un martillo pilón hubiera visto exactamente lo mismo.

-Ah, es del vino, Yo lo veo. Excelente, parece. Si, un gran vino, lo es, yo pienso ciertamente ¿eh tú, qué?

-Es un vino corriente, David.

Yo parpadeé muy deprisa.

-Claro, ya me había dado cuenta -y cambié de tema a toda velocidad- -¿Qué tal por tu pueblo, no es?

-Es bien él muy perfectamente, seguro -me miraba intensamente y con una desconcertante sonrisita picarona que yo no sabía interpretar muy bien ni, sobre todo, a qué venía- ¿Qué has hecho este weekend. Estás más guapo que el jueves ¿tú sabes?

Yo tosí halagado.

-¿Ah, sí? Ejem, ejem. ¿Qué tal tu viaje?

-Bien, ya te lo he dicho. Sobre todo porq traigo MUUUUUUY buenas nouvelles para usted, mi joven buen amigo español.

La miré de reojo, como si no me importara excesivamente.

-¿Ah, sí?

Era absurdo. Yo, tratando de hacerme el interesante, y ella, venga de captar mi atención obligándome a posar los ojos en su persona, que era -por otra parte- lo que realmente me apetecia.

-Se acabaron sus viajes al suburbio. Adios Yvelinnes, secadoras, manteles y proletariado industrial Y '¡hola, 'sector servicios!'

Yo pensé que se había vuelto loca -folle, que nada tiene que ver con la tercera persona, cortés e imperativa, de determinado verbo español- y sonreí con ojos de carnero degollado. Pero a ella semejante actitud no le impresionó lo más mínimo.

-Va usted a ser camarero, mon cher David ¿no es ello así que lo es? Y en el centro de París.



James Stewart, comme una merde folle (como una 'mierda loca', o sea, que
tiene un marronazo) en una imagen promocional de El hombre de Laramie (The
Man from Laramie,
Anthony Mann, 1955)










Toros: lo que le hubiera contado a Hélène bajo los tejados de París (si lo hubiera sabido....)





Las corridas de toros ya no tienen sentido, Elenita.

Lo tuvieron. Hace mucho.

Hoy están fuera de sitio, ya lo sé. Son un anacronismo y desaparecerán en nada: en pocos años, como yo mismo.

Tan cierto (salvo milagro, pero no soi experto en milagros) como que estoi escribiendo esto.

Añadiré que, aún así, nadie tiene un motivo serio, sólido y suficiente para prohibirlas AHORA. El más socorrido -el sufrimiento y los derechos de los animales- se basa en una moralidad tan fantasiosa y acomodaticia que se queda en moralina pudibunda. Los bichos NO tienen derechos. Por definición. Porque NO son personas (por más que dé una pena horrible verlos sufrir). La Fiesta es cruel, pero compararla con la ablación (que es una violencia contra las personas) es una ofensa (más) a las personas violentadas.

Un animal no es ÚNICO, no tiene conciencia, no sabe qué es la muerte, no distingue entre él y el resto del mundo (ni siquiera sabe que hay un 'él' y un 'resto del mundo'), y no tiene afectos ni amores.

Si el dolor humano es insoportable para quién lo padece no es por físico: es por conciencia de finitud, de soledad y de desamparo, es por añoranza, inquietud, desazón y desarraigo, es por el miedo a la suerte de los que ama. Un animal, jamía, no experimenta semejantes sensaciones, seamos serios. Un animal no es libre: está limitado y condicionado por respuestas 'estandard' a los estímulos. No 'crea' el mundo. No reflexiona ni abstrae y sus posibilidades de aprendizaje, por tanto, son muy limitadas.

Un animal es uno más, otro más, y no es una persona concreta y determinada con nombres, con apellidos y con una concepción del mundo. ESA persona y no otra diferente.

Por eso infligir dolor a otro ser humano es insoportable e inaceptable. La lapidación de las adúlteras, la extirpación del clitoris o las ostias en comisaría son hechos, sencillamente, injustos. Carentes de derecho. Y hay un buen motivo: cada ser humano es único e irrepetible, tiene reconocido derecho a seguir siéndolo y NADIE a negarle ese derecho. NADIE.

El sufrimiento de los animales, en cambio, podrá ser más o menos desagradable (la lenta agonía de los peces, el degollamiento del cerdo, la cría de bichos para aprovechar la piel o la muerte en masa de miles de corderos) pero no es inaceptable ni injusto. La Justicia es otra cosa. Fría, ciega y nada proclive al sentimentalismo buenista. Ni a dar pábulo a una concepción del mundo que parece extraída del catálogo ideológico de Disney (ay, no, que no tenemos ideología -¡qué ordinariez!- somos apolíticos y hacemos el bien por definición: sí o sí).

Y si se diera el caso de que los animales tuvieran derechos y fuera intolerable su sufrimiento (como se pretende) no se comprende bien por qué se han de prohibir sólo las corridas de toros y no la matanza del cerdo, la caza, enjaular canarios, usar cobayas y toda una porción de bestialidades tenidas por normales. Hasta hoy.

¿O no?

Fíjate, querida Hélène, que al llegar a este punto suele argumentarse la utilidad de la matanza (del cerdo, digo) o de la experimentación (con cobayas), lo cual es de un cinismo enternecedor. O semos o no semos: si maltratar y hacer sufrir a un bicho es malo, es malo.

Y ya está.

Sea para dar espectáculo, sea para dar proteínas.

Pues no, ya ves tú: resulta que SÓLO es crimen hacerlo ‘GRATUITAMENTE’, ‘por placer’ y sin más objeto que ‘dar espectáculo público’. Encima son los ignaros de los animalistas los que deciden el verdadero objeto -la finalidad- que tienen las cosas. Y la moralidad de ese objeto (o su carencia). ¡Como los obispos, nena! ¿Eh? ¿Qué te parece? Criar visones para hacer abrigos, por ejemplo, no tiene objeto (moralmente aceptable, al menos). Criar toros para lidiarlos en público, tampoco. Criar cerdos para hacer jamones, en cambio, sí y es, por tanto, lícito.

Curiosa moral la de estos amantes de la ‘felicidad’ animal dispuestos a identificar 'el Mal' (que ya lo han ‘identificado’: el sufrimiento’ de los bichos) a extirparlo y a construir sobre sus ruinas el reino de dios en la tierra.

El de los buenos.

Así empiezan los fundamentalismos puritanos: imponiendo certezas y prohibiendo ‘El Mal’.

El Poder es la clave. Prohibir falsedades e imponer certezas (y mira que yo tengo unas cuantas) está chupado (si tienes Poder para ello, claro). No sé si sabes quién fue Savonarola. Sí, vale: un chulillo imbécil, sobrado y con mucho apoyo popular, para resumir. Con Poder, vamos. Con mucho Poder, como tío Adolfo H, que tampoco tuvo poco y aún con todo ese apoyo metió la gamba hasta la ingle. Hasta aquí, vida mía.

Bueno, que te voi a contar que no sepas.

Ya lo dijo Salomón: ‘coma mierda, cien mil moscas no pueden equivocarse’.

Si el gran argumento ‘científico’ para acabar con La Fiesta -ese milagro- es el de que treinta millones de ciegos niegan el sol porque no pueden verlo, hacemos un pan como unas obleas.

Por éstas.

Derecho tendrán a acabar con la Fiesta de los Toros (y hasta con el turrón de jijona, si les da por ahí), pero mi visión es que se equivocan de medio a medio como se equivocaron los talibanes dinamitando los Budas gigantes de Bamiyán. No porque la Fiesta de los Toros sea una obra de arte (polémica en la que no entro) sino porque es, sencillamente, un legado del tiempo, un patrimonio inmaterial y, desde luego, un auténtico milagro.

Sí, la Fiesta es un milagro, no te rías: que en el siglo XXI se sigan ‘corriendo los toros’ más o menos como en el siglo XV es, antes que ninguna otra cosa, un milagro. Una rareza. Una reliquia del pasado, para que lo entiendas. No, no: no exagero. Para nada. Una ceremonia ritual. Un residuo. Un regalo del azar. Una cápsula de tiempo. Una celebración -fosilizada, eso sí- más complicada que un espectáculo (deportivo, circense o, simplemente, mediático).

Arqueología inmaterial.



Cartel de la Feria de Nîmes (Gard, Francia), una de las más importantes del
calendario taurino mundial. El triunfo en Nimes abre a ganaderos y matadores
 las puertas de México, Sevilla y Madrid.



Lo esencial es invisible a los ojos

Yo no sé si hace falta estómago -o qué hace falta- para ver la ‘tortura’ de un bicho. Para empezar, supongo que talento para ver más allá y atisbar lo que hay detrás de todo ese espanto objetivo (pero nunca caprichoso ni gratuito ni sin sentido, ojo).

Claro que el talento, por lo que parece, está poco repartido.

Lo esencial es invisible a los ojos -ya sabes, Hélène- así que para verlo hay que usar las orejas, las uñas o el corazón. Y, desde luego, el talento, que se le va a hacer, ma belle. Sin talento, te recuerdo, empiezas confundiendo un bicho con una persona y acabas en cueros, pintado de rojo y tirado en una acera participando en un happening gore. Walt Disney hizo -y hace aún- mucho daño con su simplificadora y pornográfica moralina ‘middle class’ (que no deja de ser también tribal, si a ello vamos).

La Fiesta de los Toros es una barbaridad, sí.

Y más cosas, también.

Un capricho, jamás.

Nadie dijo un día, 'esta tarde pa entretenernos metemos un torete en la plaza del pueblo, le damos unos capotazos, le hacemos putaditas y pasamos el rato. Y, de paso, lo mismo sacamos unas pesetas'.

La Fiesta es un rito (no hagan risas, gracias ¿alguien sabe lo que es un rito?) y no un simple espectáculo, más o menos entretenido, aunque haya adoptado esa fórmula ‘legal’.

Un rito -tal vez salvaje- llegado directamente de tiempos más recios y duros que estos. Tal vez del mismo Neolítico, así, tal cual. Y en todo caso -honestamente te lo digo, ma petite- un rito llegado de tiempos más francos (que no franceses). Entonces la Naturaleza era una amenaza (y no un parque natural) y la vida, una condena (y no un parque temático).

La Fiesta de los Toros testimonia fehacientemente esa visión. Lo que hoy podemos ver en una corrida es la decantación en unas dos horas de una serie de delicadas y peligrosas labores de trasteo con los toros que, sin nadie proponérselo, han terminado representando la rueda de la vida y de la muerte.

Y ésa es la clave, Princesita del Olimpo Parisino. Representación.
Métetela en la cabeza y no la olvides.

Ahora ¿por qué -o cómo- la corrida terminó representando la rueda de la vida y de la muerte?

La única explicación que se me ocurre es la pura 'aclamación popular', la identificación de la gente, no sé bien en qué momento (ni siquiera si hubo un momento y no una sucesión de ellos).

No, no, mujer: nadie con nombre y apellidos lo decidió, hazte cuenta. En todo caso, lo decidieron la gente y el tiempo entremezclados, poco a poco. Es decir, fue la gente quien, espontáneamente, identificó ese trasteo (el que, para defenderse, efectuaban los peones de brega, los subalternos de los caballeritos que alanceaban toros) con la rueda espeluznante en la que todos laboramos (y nos la jugamos) cada día de nuestra vida más allá del círculo de albero.

Todos, de algún modo, somos toreros.

Y cuando el matador triunfa de verdad sobre el bicho, somos todos los que triunfamos con él haciéndonos la ilusión de que lo incontrolable se puede controlar y conjurar.

El peligro, la aleatoriedad, la enfermedad, las acechanzas y, en fin, la muerte son dominados, siquiera sea una vez, por el oficiante. Y vencidos.

Esto es así, no porque lo diga Bowman, sino porque se experimenta en las propias carnes con las dudas y aciertos que experimenta allí abajo, en el redondel, el matador jugándosela a lo largo de su faena, desafío breve -visto en tiempo de reloj- pero eterno en la ejecución. Y, lo juro, en su percepción.

La vida en un hilo. Y el tiempo, suspendido. Literalmente. Y no es literatura.

Es así.

El toreo es una habilidad inútil (en el sentido que es útil, que sé yo, la fontanería) desarrollada durante siglos de ejercicio -de peón de brega en peón de brega, de generación en generación siempre bajo la aclamación de la gente- y cuyo dominio exige técnica rigurosa y, de manera muuuuuy especial, un valor y un control sobre las propias emociones que a veces ha parecido sobrenatural.

O Arte.

A nuestros tatarabuelos debió parecerles lo primero. Y a nuestros abuelos, lo segundo. A pies juntillas. Enfrentarse a un agresivo bicharraco de media tonelada sin más arma, instrumento ni protección que la capa (el abrigo en realidad) parece cosa de brujería. En las corridas de verdad no hay trampa ni cartón y el matador lleva (si puede, que no siempre) el toro (o lo que sea) 'por donde el toro no quiere ir'. La seguridad, la soltura y el temple que exhiba al conseguir llevarlo (o no), así como su dominio de las técnicas legadas por los Maestros desde los tiempos, por lo menos, del inmortal Pepe Illo (junto con la casta y cualidades exhibidos por la bestia) son los que generan esa emoción tan especial, intensa y difícil de describir sin metáforas (metáforas que después tanta risa dan a algunos que sólo creen en realidades virtuales e icónicas).

Hoy que todo el conocimiento es realidad virtual e icónica, la televisión (que es el reino de la iconografía instantánea y de la inmediatez ‘objetiva’... aunque sea a miles de kilómetros), habría hecho imposible el Mito de la Fiesta. Por eso mismo, precisamente, debe desaparecer la Fiesta de los Toros, a mi juicio (aunque no sé como hacerlo: dejándola morir, supongo).

 
En el curso de la corrida puede pasar, y pasa, cualquier cosa. Y las cámaras -es su cualidad- se quedan con lo más chusco.


Y es que antes no había nada más cierto que lo que sucedía una sola vez en mitad de la arena y a la vista de todos... de todos los que asistían a aquella comunión, claro. La Hora de la Verdad. Sólo quedaba inscrito en su memoria y si no habías estado, no lo habías visto y ya está. Estabas fuera del suceso: de El Suceso (cuasi mágico) que todos contaban. Todos lo habían visto, ergo era innegable. Una ceremonia real de verdad, compleja, antigua y que -eso sí- sigue viviendo hoy, extrañamente amojamada, en un tiempo y en una época que ya no son los suyos.

Lo mismo igual ha desaparecido ya (la Fiesta de los Toros) y las obstinadas corridas que todavía se siguen celebrando son sólo fantasmas de la Fiesta, estertores de agonía, el final.

Y es que en el mundo de la multiplicación de imágenes (de gran calidad además), en el mundo de la CNN, de la intelnés y de la camarita digital (hasta mi madre hace fotos, y eso que es ciega) los toros ya no tienen sentido. Aunque mucha gente se empecine en que sí.


La música callada del toreo

Don José Bergamín, un español (a su pesar) raro (pero raro de cojones) vio una tarde a Rafael de Paula (en El Puerto, creo). Y como no tenía cámara, registró la faena en la memoria. Después la evocó y le salió 'La música callada del toreo', libro que no es más que una concatención de imágenes verbales que intentan transmitir lo que el fundador de Cruz y Raya (no es broma ni la pareja ésa, sino una revista) experimentó aquella tarde. No sé si lo logró pero Paula, el torero gitano, salió de la Historia del Toreo y entró en la Leyenda.

Absolutamente.

Estoy convencido de que si el ojo idiota de una cámara hubiera grabado aquella faena mítica, hoy Paula no sería Paula. Ni Bergamín habría escrito jamás 'La música callada del toreo' ni nada de nada. Claro que si Alejandro (Magno) se hubiera llevado a su excursión una cámara en vez de un ejemplar de La Iliada y hubiera grabado la destrucción de Babilonia y hubiera imagen de él saludando delante de las ruinas humeantes del palacio de Nabucodonosor, hoy no sería Alejandro El Grande sino Alex, el chico de Felipo. O sea, una especie de marine de opereta, hortera y macarra.

Un excursionista dominguero.

Total, que la Fiesta está muerta (lo mismo que la Guerra: somos los primeros humanos que ya no se tragan aquella estulticia primordial que el clásico codificó como dulce et decorum est pro patria mori, etc, etc) Y todo ello, simplemente, porque se ha muerto la magia. La mataron la televisión, internet y la inmediatez: la precisión, cantidad y calidad de unas imágenes rápidamente distribuidas: instantáneamente. Y que, encima, persisten en el tiempo y están permanentemente disponibles. Ya nadie puede decir aquello que un aficionado le gritó a otro al salir de Las Ventas tras una faena sublime de Curro (Romero, por dios) a un toro del Conde de LaCorte. '¿Lo has visto, no? ¡Pues recuérdalo y no lo olvides porque nunca lo volverás a ver!'

Y es que el éxito secular de La Fiesta de los Toros, bonita mía, ha residido en la fascinación hipnótica que producía en el público el milagro del dominio (cuando se producía). Y esto te lo digo yo y va a misa. Cuando el matador se paraba en su sitio, se acomodaba al bicho templándole la embestida y, finalmente, lo mandaba y se lo traía toreado y pastueño a su propio terreno. Es decir, cuando se hacía con él ¿que me entiendes, amor? Tampoco es tan difícil, creo, aunque seas francesa, vamos, digo yo....

En ese proceso de ‘hacerse con él’, que podía durar un tiempo sin tiempo (¿cinco minutos? ¿diez, como muchísimo?) la plaza entera comulgaba con el matador. Como te lo cuento. Allí abajo, en la arena, se producía en un instante una transformación muy extraña que hay que vivir y que la tele no da, ni antes ni ahora, porque no la capta. La tele y las fotos sólo dan posturitas.

Y 'la verdad' del toreo es otra cosa. En 'la verdad' del toreo participan todos los tendidos, desde la barrera hasta la bandera, como una compacta masa circular que girase en torno a un centro galáctico. Ahí dentro puede durante un instante mascarse la muerte. La muerte, tía, como te lo digo: la Dama Negra con guadaña y todo. Durante un instante la ves, aterrado, aletear entre las piernas del diestro que, literalmente, en esos segundos se la está jugando (la suerte o la muerte). Y así hasta que, de pronto, el toro cambia, entra blandito y entregado en el terreno del matador, la tragedia queda conjurada, la muerte expulsada hasta mejor ocasión y la plaza entera, borracha, se pone de pie hipnotizada: una vez más ha habido milagro. Y la gente sale de la plaza haciéndose lenguas y la nueva corre de boca en boca: cada uno lo ha visto de una forma -según su situacion en la plaza- y todos torean recreando embebidos la suerte, el momento supremo -una trincherilla, un muletazo, unos ayudados- una y otra vez.

Pero hoy lo único que circula son los videos del tubo: mierda en fila india.

Antes, no. Antes, cuando no había tanto video, tanto tubo y tanta chatarra, la poesía era una necesidad vital y oías a gente transfigurada que lo había visto y que te lo contaba encandilada una y otra vez. Y cada uno a su modo. Y todos toreando, dando excelsos pases a un morlaco invisible. Y, claro...

Y, claro, te entraba mono.

Ahora, sin poesía, no hay manera de que te entre mono. El objetivo de una Sony Hifi Fidelity Beta3D -o como coño se llame- lo ve todo pero no entiende nada porque no está programada para tener poesía (y la que tiene es sólida como el bordillo de la acera). Va al grano (hoy todo dios quiere ir al grano y acaba por no ir a ningún lado). La Fiesta ha muerto (y la Iglesia Católica, también, ya que estamos con supersticiones: a ver esos payasos de Gallup si tienen güebos de hacer encuestas sobre la percepción de la Iglesia [Católica] entre el personal, hombre, ¿no te parece, mi vida?)

Total: que me niego a que me prohiban los toros si no prohiben también las misas, las procesiones de Semana Santa, las mezquitas, los picaos de San Vicente (ver google), los animales que intentan matar dibujantes que dibujan al Profeta Muhammad -Dios lo bendiga- los penitentes descalzos, el papa y los sanfermines. ENTEROS.

En fin, que exijo discoteca en La Almudena.

Eso es todo. Y si la Fiesta ha muerto, que descanse en paz.

He dicho.

Y ahora mismo ponte guapa, Hélène, mi vida, que nos vamos a pillar tú y yo una birrita y un croque-monsieur en St Germain y a darnos el paseíto de los clochards y de los estudiantes pobres por los quais de la rive gauche mientras se pone el sol detrás de Nuestra Señora, que hace muy buena tarde, oh, la, la, la, la, bordelle...! Y mientras te contaré  como se plantaba Juan Belmonte asomándose al balcón entre los dos puñales. ¿Sabes que el ‘Pasmo’ inventó eso de ‘dejadme solo’? Pues sí, él fue...

Tú eres mi morena
y te llevo a pasear
Te voi a dar un beso,
tú me vas a abrazar...



Don Juan Belmonte, 'El Pasmo de Triana', haciéndose con el bicho y
derrochando un valor temerario.



José Tomás, El Torero de Galapagar, ciñéndose el toro y 'obligándole', como
pedía don Domingo Ortega. Obsérvese por donde va la pata trasera derecha
del bicho, así como la similitud entre la actitud de Tomás (ante el toro) y la del
'Pasmo'. De este último, por cierto,
decían sus 'enemigos', un poco como
hacen  hoy los detractores de José Tomás, que había que correr a verlo
porque no duraría mucho. Pues no: duró lo suficiente como
para retirarse y morir fatalmente empitonado por la depresión. veintitantos
años después. Juan Belmonte se quitó la vida al anochecer del 8 de abril de
1962. 'Sangre española, la pistola puso fin a tu valor'. Descanse en paz.


















Ya está aquí




      





              ¿Qué pensabais? ¿Qué no iba a llegar nunca?




              (en confianza: es mejor la novela. Vamos, que la novela es cojonuda)

                 


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Cuerpo femenino




Anochecía sobre París. Allá, en el Campo de Marte, debían estar desalojando a los últimos ‘amegüiqueins’ de la jornada -’oh la la la, thaht´s beautiful, I love Paris in the summer and toujours I think’-  con objeto de cerrar un día más los accesos a la tour de M Eiffel. A lo largo de las escaleras y fuentes de Trocadero estarían amándose en aquel mismo momento los mochileros pobres tocando la guitarrica con los pies sucios metidos en el agua. Y arriba, en el sotanillo del Palais Chaillot, la cola de ‘cinephiles’ ante la taquilla de la Cinemateque  se aprestaría a ver alguna peli de Bunuel, reciente Oscar de Hollywood por su peli -francesa- ‘La charme discret de la bourgoisie’, que estaba consagrando al actor fetiche del baturro -Fernando Rey- como ‘international star’ en todo el mundo.

Mentiría si dijera que en aquel melancólico crepúsculo parisino no pensaba en Hélène, en su culillo respingón, en su flequillo ‘Françoise Hardy’, en sus pezones pugnaces, en su risa cascabelera, en su fijación con el ‘espagnol Unamounó’ y hasta en su visión del futuro de la economía europea. Por tener a Hélène allí, entera y verdadera delante de mí, me habría tragado con gusto su chapa permanente sobre el tema con el que trabajaba becada, por lo visto, por la UNESCO, nada menos: todo un cráneo la Elenita (y, encima, más buena que un avión, como todo el mundo -por otra parte- a los veinte años, a qué engañarse, las cosas como son).

La verdad es que nunca le agradeceré bastante a aquella ciudad mágica que me abriera la intimidad de M Lecomte, de su biblioteca y, sobre todo, que pusiera en mi camino aquel libro lleno de lo que hoy podrían tenerse por lugares comunes pero que en su momento me abrió un mundo.

Las tías.

Aquel día supe que la mujer nunca es una conquista sino un descubrimiento, en todo caso, un descubrimiento tremendo, el ser humano con el que vas tener la relación más íntima, más personal y más intensa que se puede tener. Con ningún otro humano -y, desde luego, con ninguno de tu mismo sexo, si eres heterosex, of course- llegarás tan lejos ni pondrás tanto en común -jugos corporales, para empezar- ni compartirás tantas cosas ni llegarás a crear por un instante glorioso la humanidad completa, el ying y el yang y toda esa vaina. Así pues, ante mí se había abierto de golpe y porrazo y de buenas a primeras un territorio ignoto y libre que antes que nada -y como primera medida- debía ser cartografiado adecuadamente.

Y ya se sabe que no hay dos cartografías iguales para un mismo territorio.

‘Sexe et feminité’ me había entregado esa tarde la clave de lo que llámase ‘feminidad’, que es una cosa que existe y que no es más que la famosa diferencia, la única. Y que, contra lo que pretende hacernos creer cierto feminismo (a medio camino entre el ‘telva’ y la ‘sección femenina’), no influye para nada en todo lo demás.

Territorio ignoto, en fin, que sólo le permitirá a uno llegar verdaderamente lejos con una condición: no someterlo. Y es que sería ridículo pretender someter un territorio salvaje, indómito y lleno de riquezas que, con las artes adecuadas, se seduce, se rinde y, finalmente, si no eres demasiado idiota y no la terminas cagando (que todo puede ser: el ansia es lo q tiene) se te entrega entero y verdadero, de arriba a bajo sin limitaciones de ninguna clase.

Eso sí: en ese momento trascendental, sin darte cuenta cabal de ello, estás irremisiblemente perdido y a punto de convertirte en colonizador colonizado. Porque es entonces, en ese momento exacto, cuando él, el territorio -ella, vamos- te somete a ti, te esclaviza y te hace suyo del mismo modo que el matador se hace con el toro... y acaba con él, ni más ni menos.

Con esa trágica realidad hay que vivir: ser macho es muy duro y se reduce a conseguir ser elegido.... y en no echarlo todo a rodar ante un ‘no’. O ante muchos. Psicológicamente no es fácil de aguantar y ahí reside el secreto de gran parte de la preparación para ser humano masculino. Ya llegará el sí. Hay que saber esperar el momento adecuado en el escaparate adecuado. Ser macho es aprender a vivir con el no. Ser hembra, supongo, en vivir con la inquietante posibilidad de no ser vista, de no tener delante ‘hombres que se ofrezcan’, que esperen de ti una mirada, que sé yo, una sonrisa, qué menos.

Una amiga me contó una vez, a propósito de esto, que se dio cuenta del paso de los años al ir haciéndose ‘invisible’, dijo. ‘No sé para las demás: para mí fue un palo. Al principio, cuando jovencita, mi único esfuerzo era ser vista adecuadamente por los hombres adecuados, es decir, por los que a mí me gustaban. Que cierta clase de hombres no me viera no era un problema: el problema era precisamente conseguirlo. Pero con los años tuve que empezar a esforzarme en ser vista, adecuada o inadecuadamente, por ellos. Ellos. El caso era ser visible para los machos, los que fueran. Pero hoy es el día, Davidín, en que sólo saliendo desnuda (o completamente vestida, pero de fallera) a un balcón de la Gran Vía amenazando con tirarme conseguiría que los tíos me miraran’.

Yo le dije que la mujer sólo se liberará -si es que tiene que liberarse de algo- cuando se libere de la necesidad de gustar (como hembra) en cualquier contexto. ¡Pobres princesitas! Supongo que debe ser insoportable, tanto como la exigencia que se da en ciertos círculos de tener que andar haciéndote el chulito -el ‘machito’- delante de las nenas (o sea, ‘ofertándote’ venga o no a cuento) lo cual que a veces puede ser verdaderamente una pesadez.

Pero, bueno, esto último son consideraciones mías actuales, y bien discutibles, que al atardecer de aquel sábado de julio en París yo estaba bien lejos de hacerme. Lo que tenía yo en la cabeza aquella noche era el sexo, el descubrimiento de la trascendencia del sexo, de lo delicado de cualquier relación bajo ese prisma y de lo complejo que era el sexo femenino.

Y no hablo metafóricamente: qué complejo es el sexo femenino anatómicamente.

Por primera vez en mi vida había sabido de la existencia de ‘zonas erógenas’, de su función y de su manejo. De labios vaginales internos y externos que debían ser tratados con la ternura y el mimo que requieren las gemas sagradas. De orgasmos vaginales y clitoridianos, de puntos G (y hasta Z) perfectos y delicados, del ‘petit bouton’ y de sus poderes, de los de la lengua (y no hablo del lenguaje) y de la importancia, en fin, de tocar el piano delicadamente con la punta de los dedos escuchando con atención los primeros acordes, único camino para acabar haciendo música celestial. El libro, de hecho, hablaba del cuerpo humano como de un instrumento fabricado pour l´amour y que había que saber tocar (faire jouer) con sabia habilidad valiéndose de la brújula del afecto. Y nadie nace enseñado. Esto, que sólo pudo haberse escrito en Francia (y más si se escribió hace diez mil años), sonaba entonces, en las entendederas de un jovencito celtibérico de la época, a revelación de la clave de la existencia. Era imposible que yo hubiera oído ni leído nunca conceptos como aquellos viniendo de donde venía.

De la España nacional católica y ultramontana que en 1939 había sido hibernada con éxito para evitar su contaminación por los disolventes relativismos judaico masónico marxistas de la modelnez, c´est á dire, de una Espagne que, por tanto y hablando con propiedad, ni siquiera había entrado todavía en el siglo XX.

Vamos, que yo llegaba del siglo XIX, de Albania, de una catequésis de aldea gobernada por Monseñor Guerra Campos. Ostias, y se quejan algunos de Rouco. Tú le hablas a Monseñor Giuerra Campos del cuerpo humano como de un instrumento fabricado pour l´amour y que hay que saberlo tocar y se saca el Monseñor una pistola de debajo de la mitra y te da pasaporte sobre la marcha al grito de ‘¡réprobo! ¡súcubo! ¡cachorro de satanás! ¡ve a unirte con tu padre!’ Y ése prenda era el que mandaba en la Iglesia Española (y mira q mandaba la Iglesia Española en España, la leche)

Sexe et feminité insistía en la importancia de las sutiles diferencias que se dan entre los cuerpos masculino y femenino a la hora de hacerlos cantar. ‘Pas la méme chose la guitare et le violon’, recuerdo que venía a decir aquel compendio de sabiduría. ‘Ni producen la misma música ni se pulsan igual. Así pues hay que aprender a manejar específicamente el cuerpo femenino para que cante’ sin esperar de él reacciones ni comportamientos como los del masculino. Hay una sexualidad que es exclusivamente femenina y que un hombre inteligente y observador debe aprender a pulsar si quiere llevar lejos su relación sexual con el otro sexo, pues es completamente distinta de la suya. ¡Qué cosas! Yo venía de un mundo en el que el cuerpo femenino era tabú, el cuerpo de tu madre, el de la Madre de Dios, la Virgen Pura, la Dolorosa y sufriente Madre de los Hijos de Eva Gimiendo y Llorando perdidos, desterrados en este Valle de Lágrimas. Un pasivo receptáculo, eso eran las tías en el mejor de los casos sexualmente hablando, un Vaso, un pasivo contendor de la simiente brillante y generosa que el Hombre -Yo- depositaba con gozoso calambrazo en un momento de entusiasmo y delirio para, a Imagen y Semejanza de Dios, Crear Vida.

Chúpate esa mandarina (que decía Pepe Iglesias, el Zorro zorrito para mayores y chiquititos).

Y no. La relación sexual TAMBIÉN se producía de igual a igual (claro que ver a algunas chicas que yo conocía enfrentándose sexualmente con un chico de igual a igual era difícil. Tanto como imaginar a muchos hombres aceptándolo de buen grado, que ésa es otra).

La sabiduría de aquel libro iba tan lejos que se negaba a si mismo la categoría de ‘libro de instrucciones’, nada menos. Y es que no hay instrucciones: cada uno inventa el mundo cada día. ‘Lo primero que hace el violinista ante un nuevo violín es escuchar su sonido. Todos los violines son violines pero no hay dos que suenen igual. El violinista sabio convierte el más modesto en un stradivarius... porque ya ha tocado mucho y es sabio’. Hay que ser sabio para el amor. Y nadie nace enseñado. Yo flipaba. El amor era una aventura y aquello, una invitación directa al pecado, al cachondeo y al amor libre sin ninguna clase de limitaciones. A meter mano y a perderse -eso sí, con la brújula del afecto, como decía el libro sabio y mágico de la biblioteca del profesor Lecomte- en las simas del infierno y de la perversión total. Y todo ello desde un punto de vista perfectamente divertido, desacomplejado y carente de prejuicios.

Valía todo. Y ‘todo’ es TODO. Y si en el sexo valía todo, la consecuencia era obvia ¿por qué no en todo lo demás?

Y sonreí malévolo en la oscuridad recordando con sus caras y con sus nombres (y con su olor, también, a sacristía poco ventilada) a todos los confesores y directores espirituales que había conocido desde mi infancia hasta aquella tarde parisina en la que el crepúsculo teñía de rojo los tejados mientras una luminosa teoría de la vida se abría camino por las circunvoluciones de mi cerebro.

Yo, en resumidas cuentas, era libre, absoluta y -sobre todo- responsablemente, lección hereje y protestante que en España ni aun hoy, siquiera, hemos aprendido. La del valor para atreverse reflexiva y audazmente a lo que se tercie sin más bendición que la propia (y a dios, al rey y al papa que los den) asumiendo con todas sus consecuencias y todo su peso la puta responsabilidad individual, indivisible e intransferible. Nadie me manda, ergo, si la cago, todas las ostias son pa mí en silencio y sin mentar al lucero del alba. Y si pongo una pica en Flandes soi yo (y no España, mi padre, Dios ni el alcalde de mi pueblo) quien la pone.

Y los caminos de la libertad discurrían por el sexo, por la feminidad y por la comprensión cabal de ambas realidades y de todas (y, en general, por la habilidad y por el conocimiento, vamos: no había otra). No había, en efecto, otro camino para ser feliz y hasta que no hundí la nariz en el sexo de Hélène y vi con mis propios ojos ‘le petit bouton’  y me lo comí con glotonería pecadora recordando lo aprendido leyendo (y ella, a su vez, hizo que mi cuerpo cantase glorioso mejor de lo que Pavarotti ha hecho cantar nunca su voz prodigiosa, y se manchó el techo) no supe quién era yo ni a qué rayos había venido al mundo.

Es decir, cuando Hélène fue mía y yo, suyo y ambos, sumergidos el uno en el otro, fuimos más libres de lo que habíamos sido nunca ni llegaríamos a ser jamás.

Por éstas.

La otra mitad de la humanidad




La otra mitad de la Humanidad es extrordinariamente variada e increíblemente versátil.

Fue un día largo. Enfrascado en la lectura casi no comí. Para comprender plena y cabalmente todo lo que aquel libro -Sexe et feminité- quería contarme debí manejar también el formidable ‘Robert’ -el gran diccionario tradicional de la lengua francesa- y mi humilde Vox (Francés-Español, Español-Francés) que me acompañaba desde hacía siete años, por lo menos, casi desde el principio de mi bachillerato.

Mientras el sol recorría el cielo sobre la capa de bruma pegajosa que cubría la ciudad, yo sudaba de lo lindo inclinado sobre los tres libros y sobre un cuaderno de notas también, que emborroné con vocabulario y apuntes, así como con mis absurdas consideraciones, reflexiones y, sobre todo, dudas, muchas dudas hasta que, bien pasadas las ocho, la luz empezó a flaquear y mi ánimo también. Fue como emerger de la mina. Embotado, agotado, sediento, hambriento pero luminoso, renacido y feliz.

Las ‘ellas’ eran exactamente iguales que los ‘ellos’ -o que los ‘nosotros’, más bien- salvo en una cosa, en esa cosa, en qué otra cosa iba a ser. 



Rita Hayworth (1946) y su nieta Sonia (2009).  En 53 años han cambiado muchas cosas. Entre otras, lo q las chicas sostienen
en la mano. ¿O cabe imaginar a Rita con el móvil y a Sonia con el guante?


Por lo demás, ni delicadas, ni finas, ni sensibles, ni maternales, ni especiales, ni nada. Como seres humanos que eran, cada una de ellas estaba programada para ser lo que le diera la gana ser. Enfermera, verdugo, madre amantísima o asesino sanguinario en serie. No había cualidades masculinas y femeninas. No había, ni de lejos, un determinado carácter femenino (particularmente dulce, según la ridícula creencia popular tradicional) ni tampoco otro como muy masculino (y especialmente bestia y agresivo).

Todo eso no eran más que tonterías, hablando suavemente. Lo que había eran cualidades humanas repartidas aleatoriamente y sin la más mínima relación con el sexo. En otras palabras: una chica-chica podía ser tan bestia, echada para delante y maleducada como cualquiera y un chico-chico, parado, introspectivo y tierno sin que su sexo influyera lo más mínimo en ello.

A mí aquello me había tranquilizado bastante porque un servidor, lo que se dice ‘tierno’, no lo fue nunca. Pero algo paradete e introspectivo, sí, y eso le había acarreado algún que otro problemita, ya no con sus iguales, que siempre fueron bastante ‘democráticos’, tolerantes y comprensivos, sino con los mayores. Los adultos de antes, igual que los de ahora, lo encasillan todo. Entre críos (normales y sin maliciar), en cambio, nunca importó que se fuera gordo, parado, forastero, gamberro, charlatán o callado, empollón o recolector de calabazas, torpe saltando, corriendo o jugando al fútbol o, por el contrario, un as. La diferencia estaba asumida: si todos fuéramos iguales, el mundo sería un coñazo.

Ya de pequeñitas, las personas normales están por la diferenciación, la cooperación, el ‘cada uno es cada uno’ y, en fin, por el buen trabajo de equipo. Esta actitud podría no tener nada de natural y ser residuo de la larga época en la que la especie humana fue nómada y tuvo que practicar la caza, la pesca y la recolección para sobrevivir  (más de las tres cuartas partes del total de su existencia).

Luego llegó el neolítico, el fin del nomadeo, la acumulación capitalista, el tuyo-mío, los contables, la Historia, el fin del mito, el héroe individual, la nobleza, el Dios Padre, Uno y Trino y se jodió todo. Tanto tienes, tanto vales. Y si tienes, además, una buena hembra, capaz de parir buenos herederos de la propiedad, buenos productores de valor y capaces de acrecentarla, mejor. Ahí nació el Santo Matrimonio y la figura de la Buena Madre, Santa y Abnegada Esposa. Y es que sementales capaces de esparcir simiente a lo loco, un día sí y otro también, sobran. Pero vientres capaces de acoger esa simiente, sólo uno al año. Y eso tiene un valor de cambio muy alto. O sea, que vale dinero, mucho dinero (otra invención neolítica).

El libro era una barretja (que dicen los catalanes: una mezcla) de antropología, historia, sociología, psicología y... anatomía. En efecto, tras estas consideraciones, ‘Sexe et feminité’ entraba en La Diferencia por los caminos de la anatomía y descubrí que mi idea de lo que pueda ser un ‘coño’ era bastante rudimentaria. Me enteré de la existencia de la protuberancia pubiana, denominada poéticamente ‘monte de venus’, y de otros pormenores. Y también de la función que cumple cada uno de estos pormenores en la relación y en la reproducción sexuales.



La Kournikova, un día que había perdido algo, y la teniente Torres, piloto de combate: vista, suerte y al toro.


El tema de la reproducción, con una serie de variantes y matices, ya me lo sabía (a grandes rasgos, vaya) así que me lo leí por encima. Lo único que me interesaba en aquel momento era, precisamente, como evitarla sin renunciar a la relación sexual. O sea, sin renunciar a lo de la introducción (imprescindible para dejar la semillita y todo aquel rollo). En ese sentido, ‘Sexe et feminité’ daba una gran importancia al condón, artefacto del que yo tenía una provisión realmente exagerada (incluso para Giacomo Casanova).

De ahí pasé a la palabra ‘orgasmo’ (‘l´orgasme’ en francés, ‘la mort douce’) expresión que no había oído jamás en mi vida. Supe entonces qué era eso tan grato que me pasaba cuando m pajeaba y también que era muy común y -oh sorpresa- podía ser muy peculiar en el sexo femenino. Y también que ‘ésa’ era la diferencia precisamente.

Y que no había más.

Según aquel libro, el sexo no influía para nada en la personalidad, el carácter o el talante de cada cuál. Al revés, en todo caso.

Pero en el sexo, ay amigo. Ahí si que había reacciones bien diferentes, tan espectacularmente diferentes que la tontera popular se había sentido obligada a expresarlas diferenciando también las funciones sociales asignadas a los seres humanos de cada sexo. Si eres una persona con este sexo, eres así, puedes hacer esto y no esto otro.

De este modo, las chicas y la relación con ellas, así como el tema de hacer hijos, se me revelaban, de pronto, complejísimos. Aquello era bastante más variopinto y enrevesado que el monótono metisaca y hacía falta una guía, un Cossío como tiene la Fiesta de los Toros, esa en la que bondadosos ecologistas sumamente miopes y algo ensoberbecidos se empeñan en ver sólo crueldad -que la hay, imposible negarlo- y en despojarla de cualquier otro matiz (que los tiene, y muchos). Como curas integristas empeñados en ver suciedad en el sexo y nada más. Por mi parte, no me empeñé en despojar al sexo de ningún matiz, de ninguno de los muchos que se anunciaban en ‘Sexe y feminité’, por más que no entendiera una mierda.

Allí ponía que tal y que cual y si lo ponía, iba a misa, y si yo no lo entendía, yo tenía un problema y debía resolverlo. Inch Allah!

En dos palabras: había que follar. Y de putas no me iba a ir.





Olivia, más allá del tiempo: la compi
perfecta.






Sexo y feminidad



La señorita Escarlata enTara. Todo un icono.


Hélène se había ido a pasar el finde a su pueblo y yo estaba solo. Pero aun así, a pesar de la soledad, no me deprimía ni me entristecía

A no ser por el apetito, claro. La comida era una obsesión en general, pero de manera particular en fin de semana, cuando no iba al comedor de la blanchisserie.

Así que el sábado por la mañana, dispuesto a hacer las cosas bien,  me preparé un desayuno continental: una manzana, tostadas, café y huevos revueltos que ni en el Ritz de Place Vendôme. Semejante despliegue me devolvió la fe en mi mismo y en la humanidad. Satisfecho, me eché a la calle y anduve de librerías por el Barrio Latino (por donde, sino) para, al final, no comprar nada y volver a casa de vacío. Comprar nada era entonces un acontecimiento y, realmente, se prodigaba poco. De hecho, guardo aún como un tesoro cada libro y cada revista que adquirí durante aquel intenso y venerado verano parisino en el que me hice persona.

Después de comer me dediqué a marear por casa husmeando en la biblioteca de M Lecomte, que se repartía entre mi cuarto y el de Hélène. Mirando y mirando, mira por donde, hice un descubrimiento. Perdido entre las obras de Sartre, la Simona, Herbert Marcusse, Althusser y cien mil variantes sobre economía y filosofía marxistas tropecé con un título prometedor.

El de esta entrada, exactamente.

¿Y por qué prometedor, se preguntarán ustedes? Pues porque si hay un universo lejano -para cualquier animal mascle- , ajeno, raro y más misterioso que las selvas de Borneo, es el conjurado por estas dos palabras.

Sexo.

Y feminidad.

Por separado, son genéricas, necesarias y denotan sólo dos fenómenos innegables, el ‘sexo’ y la ‘feminidad’. Uno, natural: como el mar, la atmósfera o la función clorofílica. El otro, cultural, como la metafísica, el matrimonio o Siseku, el finado gato del agitador y propagandista (cultural, sólo cultural) Fernando Sánchez (Dragó).

Pero juntas, ‘sexo’ y ‘feminidad’ conjuran, de pronto, una entidad nueva y diferente que revienta de significado y que a mis ojos evocaba extraños mundos ocultos, inaprensibles, dormidos y tan necesarios como desconocidos.

Y lo de ‘necesarios’ no lo digo a humo de pajas: en ellos vive la mitad de la humanidad.

La ‘otra’ mitad de la humanidad.

La  humanidad de sexo femenino, vamos.



Katherine Hepburn, un chico: un modelo adelantado a su tiempo.


El sol entraba por la ventana abierta y el rumor de París llenaba la habitación recordándome que no me encontraba ya en la siniestra, pacata, fundamentalista y -fundamentalmente- reprimida España de Franco.

Ahora estaba en París y todo era posible. Y ‘todo’ es ‘todo’. En algún lugar del vecindario cantaba -gran tópico, pero es que así era- Edith Piaf. ‘Padam, padam, padam...’

Inquieto y fascinado, sostuve el libro entre las manos contemplando la portada, que me llamaba como sólo llaman una montaña, una ciudad o una mujer desconocidas (o un libro), y de la que sólo puedo recordar el título en francés, ‘Sexe et feminité’, pero no el autor.

Y me preguntaba que contendría.

La mera lectura de la contraportada ya era prometedora. <<Se han escrito muchas tonterías sobre la condición femenina y se han dicho muchas más>>, aseguraba el autor... o autora, que ya en este breve texto se ganó toda mi estima. <<Nada hace pensar que haya entre hombres y mujeres ninguna diferencia natural.... más allá de ‘esa’ diferencia, la que todos sabemos, la gran diferencia. Importante y trascendental. Pero la única. Nada hace pensar que todas las demás diferencias entre hombres y mujeres que se pueden argüir -innegables, por otra parte- no sean culturales. Es decir, inducidas, impuestas, aprendidas y, en resumidas cuentas, creadas artificialmente...>>

Aquellas cuatro líneas arrasaban con una serie de estereotipos muy arraigados en mí y muy extendidos en la época, muy particularmente en la España enteca del Caudillo, esa España cimentada en los valores más siniestros, alicortos y retrógrados del XIX hispánico y que tan magistralmente retrató Galdós en ‘El equipaje del Rey José’ (el tantas veces y tan injustamente vilipendiado ‘Pepe Botella’).

Sí: aquellas cuatro líneas arrojaban por la borda el ‘instinto femenino’, la vocación casera de las nenas, su delicadeza, el gusto natural por la moda (que en la mujer sería innato, nada menos)... También arrasaba con el estereotipo de su estupidez congénita y con el de su incapacidad básica, estereotipo que -todo hay que decirlo- las ellas más listas y avisadas explotaban con astucia y talento (desmintiendo, curiosamente, el aserto de su propia estupidez). Todo, en fin, saltaba por los aires en cuatro frases. Las tías -la ‘otra’ mitad de la humanidad- eran, simplemente, como yo (nada excepcional, por otra parte). Ni mejores ni peores. Pero, sobre todo, dejaban de ser ‘bichos raros’.



CatWoman. Una propuesta que mete miedo.


Una revolución. Mental, pero una revolución. Y eso que todavía no había abierto el libro.

Y es que decir ‘Sexo y feminidad’ equivalía para mí entonces, y desde un punto de vista estrictamente poético lo sigue equivaliendo todavía, a decir ‘geografía plutoniona’, ‘naturaleza de la ley de la gravedad’ y, muy especialmente, ‘origen de la vida’.

‘Sexo y feminidad’, en resumidas cuentas, era la expresión de un arcano.

La razón es que yo venía de una galaxia en la que las ‘ellas’, simplemente, no existían. Desde siempre había vivido exclusivamente entre chicos y sólo muy ocasionalmente ‘ellas’ -extrañas criaturas- invadían nuestro espacio poblado de balones, zapatos polvorientos y rodillas costrosas. Y lo hacían arrastrando una compleja impedimenta, una incomprensible constelación de peinados, trenzas, lazos, coletas, plisados y muñeconas que hacían ‘¡güeeeeeeeeee!’ si las tocabas. Cuando eso sucedía, lo más cariñoso que oías era un alarido. ‘¡Burro! ¡La vas a romper! ¡Pero que bestias sóis!’ (Vosotros, claro).

Ese ‘vosotros’ implícito en el cariñoso ‘sóis’ (unos bestias, para más señas) se refería a ‘nosotros’, a un amplio colectivo en el que yo estaba incluído y que abarcaba a todos los individuos machos pasados, presentes y futuros de la especie humana.
 
Para mí, la mujer era en aquella época (y, en cierta medida, aún lo es) ‘el otro’. Y ‘sexo y feminidad’ (así, todo junto), Marte. Territorio indio. Un espacio en blanco en el abigarrado y complejo mapa de lo humano.

Una aventura a emprender.



Nefertiti, Reina de Egipto. LA mujer.


La Mujer era una aventura que había que emprender y yo estaba ansioso por iniciarla. Pero, claro, necesitaba una guía, indicaciones fiables, alguna certeza  -por mucha aventura que aquello fuese- para no romperme la cabeza a las primeras de cambio ni hundirme en un pantano antes de empezar.

Y es que el fracaso -y hasta la muerte- son una posibilidad en toda aventura. Y poner los medios para evitarlas, conveniente. Por tanto, hay que acumular la mayor cantidad de información posible sobre los inexplorados territorios en los que va uno a aventurarse.

En este caso, el territorio era la otra mitad de la Humanidad y toda la información que había acumulado hasta entonces, simplemente, no me valía porque contradecía mi intuición y las conclusiones de mi (magra) experiencia. Las tías eran, evidentemente, otra cosa distinta. Y bastante rara. ‘Pero tampoco tanto’, me decía yo. Oculto en alguna parte había un secreto. Cuál y dónde estaba había venido siendo un misterio durante toda mi adolescencia.

Hasta entonces.

Por primera vez en mi vida veía expresadas, negro sobre blanco, inquietudes y sospechas hasta entonces confusas y apenas entrevistas. Y que en aquella España demencial, en la que sólo unos curas paletos, ignorantes e integristas respondían a cualquier inquietud, no podían plantearse: sería como hablar en ruso.

Y, efectivamente, algo había: aquel libro era la prueba.

Pero aunque había averiguado mucho, la aventura no había empezado aun.

Ansioso, acerqué una silla a la ventana, me senté y abrí el libro, que empezaba bien, con una frase parecida a ésta. <<La figura femenina por excelencia en nuestro mundo es una virgen....>>


La Inmaculada de Murillo, la Inmaculada desde hace tres siglos.



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Paris is buuuuuurniiiiiiinnnng!!!!!!




Le chien de la peniche. O sea, el perro de la barcaza. Puede parecer mentira, pero el tráfico de mercancías en gabarras
fluviales como ésta es muy intenso. Decenas, quizá cientos de ellas -no lo sé, pero muchas- cruzan diariamente el Sena
en ambas direcciones.



Tengo un amigo que lee este blog y que me afea mi pasión parisina.

-París es como Florencia. Una ciudad de chicas y de japoneses jubilados.

Lo dice como si las ‘chicas’ (concepto cuyo alcance es difuso) y cierta clase de ciudadanos japoneses (los ‘jubilados’, exactamente) pertenecieran a algún orden distinto al de las demás personas. A un orden infrahumano. Tan ‘infra’ como París y Florencia respecto a la categoría ‘ciudad’.

-¿No conoces las Torres Petronas? -exclama de pronto el tío.

Las Torres Petronas. Hay que jodelse. Para él, ciudad, ciudad -lo que se dice ‘ciudad’- es un sitio lleno de monstruitos de cristal y acero.

-No, no. Yo antes de desayunar no hago cosas raras

-¡Coño! ¡Las Torres Petronas! Que si las conoces...

-No, no: no nos han presentao...

Él, claro, se enfada.


Torres Petronas en Kuala Lumpur (Malasia). Una grosería.


Por supuesto, me sé (por encima) que es eso de las Torres Petronas (un monstruo doble y que te mareas de alto con puntas de forma vagamente cupular -o de glande, también, hablando en plata- que está por las Indias Orientales o por ahí). Pero, por sia, no me digno reconocer que lo sé: los iconos de la modernidad me producen sarpullidos (y cuanto más horteras, más grandes y más pretenciosos, más sarpullidos)

-París. Florencia. Berlín. Bath -recito con la pasión de un creyente.

Aclaro que si incluyo en mi letanía atea a Bath, la vieja ciudad termal del Somerset inglés, es como lucimiento pretencioso, como adorno culto (no se vaya alguien a pensar que soy inculto, por Diossss, que espanto).

-¡Qué tontería! -exclama mi ex-amigo (sin reconocer que es la primera vez en su vida que oye mencionar Bath)- Eso son parques temáticos.

Me quedo blanco. Razón no le falta, pero también es cierto que de tan lamentable circunstancia no son culpables esas venerables ciudades castigadas con el sambenito de ‘pintorescas’ por los manes del turismo masivo. Antes han sido por sí mismas -y han significado- muchas cosas bastante más interesantes, como acredita en ellas la dignidad del tiempo. Las Torres Petronas, en cambio, no tienen más referencia identitaria que el castillo de la Bella Durmiente, en Disneylandia. Y eso sí que es un parque temático y lo demás, ostias.

-Amsterdam. Estocolmo. Cracovia -prosigo antes de exclamar triunfalmente- ¡Leningrado!

Mi entusiasmo está más que justificado: decir Leningrado es como decir San Petersburgo, del mismo modo que decir Estambul es decir Bizancio. Yo, para decir San Petersburgo, Constantinopla, Bizancio, Ampurias o Aquisgrán me pongo antes de rodillas.

Los nombres antiguos de las ciudades me gustan. Me gusta escarbar en su pasado y -sobre todo- en su leyenda. La leyenda es más cierta que cualquier Historia rigurosa (como defendió muy bien John Ford en ‘Liberty Valance’). Los nombres antiguos de las ciudades reivindican a quienes los usaron, gentes que pusieron el culo para sentarse a descansar en las mismas piedras que lo ponemos nosotros. Forzoso, pues, es honrar su recuerdo. A mí, nuestros ancestros y sus culos me merecen mucho respeto y me pregunto si se cansarían y descansarían como nosotros o si les dolerían huesos y alma de la misma manera que a nosotros.

Vieja Pucela, Tenochticlan legendario, Al-Qadir ignoto en el occidente del mundo, Carthago Nova cartaginesa y romana, Constantinopla puerta de oriente, Ampurias La Desaparecida y... ¡Lutecia! embrión de París. Los nombres antiguos me permiten recordar que, por más que me crea inventor, creador, descubridor, sólo estoy recorriendo trochas añejas, siguiendo huellas antiguas, recuperando caminos borrados y remarcando por enésima vez, a fin de cuentas, los mismos viejos senderos de siempre: los que señalaron antes de mí los pretéritos).

¿Quien sería el primero -me digo a veces, hablando de pretéritos- que vio caer el sol sobre la maravillosa Ría de Vigo, la Vigo Bay que dicen los british, la bahía (o ensenada, quizá) más hermosa del mundo (al decir de muchos navegantes y con permiso de Cádiz y de Rafael Alberti). ¿Quien llegó por vez primera a La Isla (así llamamos les espagnols a La Cité), plantó su tienda en la pradera que con el tiempo acogería los cimientos de Nuestra Señora y bajo el cielo, entonces claro, que hoy se extiende sobre París soñó esta ciudad de ciudades?

-Europa está muerta. La Ciudad es hoy Nueva York.

Semejante prurito de modernidad me pone nervioso. Semejante prurito de modernidad es prurito de ignorancia y como mi amigo es un pedante, nos hemos distanciado. Ya sé que le molesta que se lo diga, pero es cierto: menospreciar Florencia es menospreciar Dante, el Arno y Beatriz. Y menospreciar Dante, el Arno y Beatriz es menospreciar la eternidad, la libertad y la fantasía. Es decir, la Literatura. Y eso no lo soporto. Lo malo no es la ignorancia. Lo malo es ostentarla con orgullo imbécil como quien ostenta una bandera: yo mismo no soy Aristóteles pero, al menos, intento medir la inmensidad de mi ignorancia.

Sin quitarle méritos a Nueva York (que tiene unos cuantos y eso que sus museos de pintura -que mi amigo no ha pisado jamás- se codean con los mejores del Viejo Continente y que a parque temático no le ganan Las Vegas ni Disneylandia) me digo al pie de la columna de la Bastilla que sin París, Nueva York nunca habría existido. ¡Qué verdad tan simple! Ni Nueva-York ni nada. París es el espejo en el que se vienen mirando todas las ciudades desde hace más de un siglo. Un espejo que aun hoy se sigue reinventando.

Todo empezó entre 1850 y 1870 (no me voy a remontar a los tiempos de la vieja Lutecia, cuando el pont Saint Michel era de madera y ni siquiera tenía nombre). Durante aquellos veinte años del siglo XIX que he señalado, París, la vieja ciudad medieval y realista de Los Tres Mosqueteros, de la Ilustración y de la Revolución, se dio muerte a sí misma para renacer de entre sus escombros audazmente renovada. Calles anchas, fachadas nuevas, inmensas avenidas, la Opera, jardines y, en fin, grandes espacios públicos la convirtieron de inmediato en escenario, admirado modelo y envidia del nuevo mundo burgués, es decir, ciudadano.

-Y así ha seguido hasta hoy- remato.

Mi amigo se revuelve.

-Y, además, el francés es un idioma -’idioma’ dice, idioma el muy hortera- Un idioma ¡de señoritas!

Y yo, que adoro todo lo que tenga que ver con señoritas.

-¿Y qué tienes tú contra las señoritas? ¿Y contra sus cosas? ¿Eh? A mí me encantan las señoritas y todo lo que tienen.

-¿Qué utilidad puede tener hoy el francés...? -se defiende mi colega, que toda la vida viajó como una maleta y que lo mismo le da el francés que el serbo-croata.



El divino Arturito (Rimbaud). Un crápula. Y un poetazo. Le debemos la lengua francesa y toda la poesía que
se ha hecho desde que él reinvetó el género hasta, que se yo, Lorca y el mismo Bob Dylan.



-Perdona -exclamé con la boca llena de calamares (a la romana)- ¿te refieres a la lengua que usó Arturito? (Rimbaud, naturellement)

Él, que no sabe quién es Arturito (Rambó), cree que hablo de Stallone y se monta una zapatiesta que acaba con nuestra amistad. Y es que a mí me gusta hablar de fútbol de vez en cuando pero de vez en cuando también de Arturito (Rimbaud), el divino ninio que da sentido a toda la lengua francesa. Sólo por Rimbaud -Une saison à l´enfer- se justifican los mil dolores que proporciona el aprendizaje del francés. Total que, completamente bebido, me desaté sin freno. (C´est à dire: desenfrenado, o sea).


Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s'ouvraient tous les coeurs, où tous les vins coulaient.

Un soir, j'ai assis la Beauté sur mes genoux. Et je l'ai trouvée amère. Et je l'ai injuriée.

Je me suis armé contre la justice.

Je me suis enfui. O sorcières, ô misère, ô haine, c'est à vous que mon trésor a été confié!


Un segurata panzudo y del tamaño de un armario ropero antiguo me invitó a callar, a serenarme y, en fin, a abandonar (pacíficamente) el establecimiento. Yo me negué. En consecuencia, lo abandoné igualmente, sólo que sin pacificar y amablemnete conducido por el (bestia del) segurata. Esto fue ayer. En José Luis, en la calle Serrano (esto me pasa por ir a José Luis, en la calle Serrano, que no es calle ni es nada desde que que está en obras y llena de zanjas encharcadas y de precipicios como el Cañón del Colorado).


Calle Serrano (Madrid). Una imitación hortera, mala y mesetaria.

Total, que acabé con los pies húmedos, los calcetines mojados y los botos y los bajos del pantalón perdidos de barro en el fondo de uno uno de esos abismos municipales, maldiciendo e injuriando a toda esta laya de seguratas y ediles madrileños que tienen el mismo horizonte que el tendedero de un patio de luces. Con la excusa de emular a Haussman, el hombre de mente grande y verdadera visión que transformó París, los muy imbéciles de nuestros munícipes nos vienen destrozando los nervios, el paisaje y la cartera desde hace cincuenta años, lo menos.

Cuando emergí por el borde del barranco, con la ayuda de unos amables trabajadores, el impostado paisaje de obras de la asolada capital de las Españas desplegó ante mis ojos el espanto aseñoritado, presuntuoso y vano de su futilidad. Peste de inútiles novedades que desde los tiempos de Arias Navarro no traen nada nuevo (salvo majaderías). París, por lo menos, dio sentido tras veinte años -veinte- de obras a la palabra ‘ciudad’ -el Burgo- el lugar de la gente, el punto de encuentro de los buenos burgueses -ciudadanos- que la hacen juntos y la constituyen en motor y representación también de la Nación.

(aquí debiera sonar, emotiva y vibrante, ‘La Marsellesa’, cuyas notas hicieron inmortal Patrimonio de la Humanidad entera una peli de Humphrey Bogart y una canción de los The Beatles)
Todo eso -la patria, la nación, la democracia. la ciudadanía- nació en París y todo eso dice (al que sabe leer, claro) la gruesa columnata que se levanta en mitad de la place de La Bastille y que culmina, aéreo, un angelote dorado. ‘Erguido cipote’, la llamó un poeta grosero y urbano, ‘que eyacula oro: el oro angélico y egregio de la Libertad’.

Con un par.

París, en fin (y perdonen ustedes la libertad), es la Ciudad que arde siempre, ilumina el mundo y nunca quema.


Inflama, solamente.

Paris s'enflamme!!!!








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